jueves, 13 de julio de 2017

La serpiente y el dragón - Parte 4


Y al final, después de tanto reclamo por parte de los bananeros, me puse las pilas y acá retomamos la actividad con los relatos. Llegó la hora averiguar qué corno sucedió entre Sony y el Chino. Espero que lo disfruten. Pasen y lean.



Esta vez sí le dolió.

No le había dolido cuando yo lo desvirgué. No le había dolido cuando cogió con el Chino por primera vez ni tampoco le había dolido cuando Miqueas se la puso en las duchas del gimnasio. Pero dos pijas a la vez eran palabras mayores. Sobre todo si una de ellas era gorda como morcilla vasca.

Justamente de eso había estado hablando con Mumy la noche anterior. Eran las dos de la madrugada, no podía dormir y ya se había echado dos pajas, sin poder quitarse al Chino de la mente. Aprovechó entonces que toda la familia dormía para llamar a su amiga. Sus padres se lo tenían prohibido: hablar por teléfono después de las diez de la noche y hablar con Mumy a la hora que fuere. Pero no tenían los medios ni la constancia necesarios para lograr que sus órdenes se cumplieran a rajatabla. Según ellos, Mumy era “un chico raro” y, en boca de Sandra y de Pedro, “raro” significaba “prohibido”, “indeseable”, “peligroso”. Y en algo no se equivocaban, porque Mumy era una de esas travestis de armas tomar y habrían pasado un muy mal momento si alguna vez le hubieran dicho, cara a cara, lo que pensaban de ella (y mucho peor si la trataban de “él”).





Más allá de eso, era una mina que, a pesar de su juventud, tenía ya mucha experiencia y aseguraba que el dolor era algo sicológico; que si uno se preparaba para el dolor iba a sufrir aunque el tipo tuviera un chizito. Decía que uno tiene que relajarse y predisponerse para pasarla bien. “El culo es sabio” era su frase de cabecera, aunque también era consciente de la importancia de una buena lubricación. De allí surge una de las más memorables máximas acuñadas por Sony a lo largo de los años: “Que te besen el culo es un buen detalle, pero que te lo escupan es casi un acto de amor”.

Sumido en la oscuridad de la sala, Sony habló con su amiga durante más de una hora, hasta que escuchó ruidos en el corredor que llevaba al baño. Pedro tenía la costumbre de levantarse a mear dos o tres veces por noche. Y también un oído muy agudo. Lo primero, por culpa de la diabetes. Lo segundo (según Sony), por haber sido siempre “un dinosaurio que jamás escuchó rock con auriculares”. Si descubría a su hijo menor en la oscuridad, iba a querer explicaciones que Sony no estaba dispuesto a ofrecer. Por lo tanto, se despidió rápidamente de su amiga, colgó el auricular con muchísimo cuidado y se escondió detrás de un sillón a la espera de que pasara el peligro. Durante interminables minutos, escuchó los pasos de su padre arrastrando cansinamente las pantuflas, el chirrido de la puerta del baño, el de la bisagra de la tapa del inodoro al levantarse, el inconfundible repiquetear del chorro de orina (amplificado por la acústica de la taza y por el completo silencio que reinaba en el resto de la casa), el rebuzno contenido de Pedro como muestra de satisfacción urinaria y, finalmente, el ras-ras de las pantuflas de regreso al cuarto matrimonial.





De nuevo en su propia cama, en la penumbra apenas cuestionada por el reflejo que ingresaba desde afuera a través de la ventana, vio el cuerpo inerte de su hermano Jonás en la cama de al lado. Pensó que su hermano no estaba nada mal y que las minas se debían mojar por él. Y más de un chabón también. Siempre había rehusado cualquier mirada indiscreta pero podía imaginar que la tendría grande. En alguna oportunidad lo había visto pajeándose al amparo de las sábanas en mitad de la noche pero le había dado miedo la sola idea de imaginarlo con la pija dura. Ahora las cosas habían cambiado y la curiosidad le estaba despertando osadías que desconocía. ¿Cómo sería coger con su propio hermano? ¿Sería bueno en la cama o solo el mismo fanfarrón que suele ser fuera de ella? La idea le resultaba desagradable pero igual se le puso dura. Jonás tenía muy buenas piernas y recordó las del Chino. De ahí a la tercera paja no hubo más que un paso. Después sí pudo conciliar finalmente el sueño y al día siguiente tuvo el encuentro con Miqueas, del que ya les hablé.

Cuando regresaba del gimnasio, caminando lentamente y tratando de poner sus ideas en orden, Sony creyó que se sentía satisfecho. O al menos transitoriamente satisfecho. El sexo bajo la ducha había relajado notablemente sus tensiones y tal vez fuera positivo tomarlo como “terapia habitual”. Sin embargo, había en Miqueas algo que no terminaba de gustarle. Era distante e inexpresivo. “Seco” hubiera dicho su hermana Trini. No era que no le hubiera gustado, pero no podía eludir la idea de que la misma experiencia con el Chino habría sido infinitamente más placentera. “Por ahí estoy un poco obsesionado con el Chino y el turro no me llama más”, pensó. Era una posibilidad. Habían cogido durante toda la tarde del domingo en su casa y por la noche, dentro del auto. Desde entonces, no había vuelto a tener noticias de él. Y ya era miércoles. Le vino a la mente la definición de forro: “se usa y se tira”. Estaba casi seguro de que le había prometido llamar al día siguiente, pero también era posible que su calentura le hiciera imaginar promesas inexistentes. Él lo hubiera hecho, de todos modos. A la mañana siguiente sin dudarlo. Pero el Chino era de los que se toman su tiempo. “Si me llama, me voy a hacer el difícil para que no se piense que estoy desesperado por la chota”. Pero lo estaba. A pesar de haber tenido una en el culo hacía menos de una hora.





Cuando cerró la puerta de entrada de su casa, escuchó el timbre del teléfono e instintivamente salió disparado hacia el aparato. Trini ya aparecía por la puerta que da a la cocina pero, al grito de “¡Yo atiendo!”, Sony la relevó de la tarea de llegar hasta el aparato.

− Hola, bebé. Quiero verte. –dijo el Chino apenas reconoció la voz a través del auricular.

Ambos sabían que más bien quería cogerlo, pero el habla cotidiana también tiene sus recursos discursivos y sus imágenes poéticas. Sony sintió un sudor frío recorriéndole la espalda en el momento mismo de escuchar la voz que había esperado durante tres días. Por puro instinto, se llevó una mano a la entrepierna y al instante se giró hacia la pared por si su hermana seguía en las inmediaciones. Por fortuna para él, Trini ya había regresado a lo suyo cuando la erección comenzó a ser indisimulable. Era una fuerza que no pudo contener y que en los años sucesivos tampoco lograría aprender a dominar. Sin duda fue ese deseo en catarata el que borró de su mente los previos planes de disimulo y lo llevó a decir tan solo:

− ¿Cuándo y dónde?





La respuesta fue clara y concisa. Ni los grandes guionistas de las películas de espías podrían haber imaginado una escena tan perfecta. Solo faltó que el teléfono se convirtiera en polvo luego de cortar la comunicación. “Mañana después de las ocho en mi casa”; esas habían sido las coordenadas de tiempo y lugar. A Sony le esperaba una larga noche de ansiedad y húmedos manoseos. Le hubiera servido de mucho poder contárselo a su amiga Mumy, pero la muy zorra debía estar encamada con algún chongo de esos que la levantaban por el barrio de Once, puesto que no respondía el teléfono. Si sus padres no fueran tan estrechos de mente, él también podría salir por las noches y conocer chicos… aunque por el momento al único chico que le interesaba ya lo conocía.

Aquel jueves la escuela y el gimnasio pasarían a un muy relegado plano de interés. El único obstáculo era su hermana. Trini y él iban al mismo colegio. Entraban a la misma hora. Es decir que debían ir juntos, como todas las mañanas, e ingresar en el edificio. Un edificio al que era muy sencillo acceder, pero (porteros mediante) del que no lo era tanto salir una vez dentro. Sony pasó gran parte de la noche pergeñando alguna argucia que le permitiera zafar de la compañía de su hermana, tarea no tan simple como podría parecer. Trini solía tomarse muy en serio su título de “Hermana Mayor” (léase “Hermana Mandona”) y, ante cualquier imprevisto que pudiera modificar la rutina de cada mañana, era capaz de transformarse en una versión femenina de Sherlock Holmes. Y Sony no estaba en condiciones de dar muchas explicaciones. De modo que, por más que pensara y pensara, no pudo imaginar excusa convincente que pudiera quitar a su hermana del medio.

La solución le llegaría por mera casualidad.





Cuando sonó el despertador, él ya estaba despierto. Ansioso. Casi desesperado. Trató de simular tranquilidad pero (como suele decirse) la procesión iba por dentro. Como todas las mañanas, discutió con sus hermanos por el uso del baño y por quién se comía la última tostada. Se vistió y se acicaló minuciosamente, tal como solía hacerlo siempre. Metió las cosas del colegio dentro de la mochila sin prestar mucha atención a lo que hacía, mientras miraba con preocupación la hora en el reloj. A medida que pasaba el tiempo, sus nervios iban en aumento y, en su fuero más íntimo, rogó que cayera un rayo en su casa en ese mismo instante, o que hubiera un terremoto, o cualquier otro cataclismo que le permitiera huir sin que nadie lo notara o sin que a nadie le importara. Lo que sucedió no fue exactamente un cataclismo, pero le sirvió de todos modos. Sandra, su madre, siempre era la última en tomar su café. No por casualidad. Ella solía esperar a que todos se fueran para poder disfrutarlo en soledad y en silencio. Sin embargo, esa mañana se sirvió su taza mientras terminaba de recoger los restos del desayuno familiar. Miró el reloj y vio que ya se estaba haciendo tarde para todos. Entonces, taza en mano, fue hasta el corredor que lleva a los dormitorios para pegar el grito y apurar a la tropa. Pero lo hizo con tanta mala suerte (aunque óptima para Sony) que, justo en el momento en que se asomaba al corredor, también aparecía Trini, apurada como siempre, y se la llevó por delante. El café caliente se derramó casi íntegramente sobre el guardapolvo blanco de la joven, Sandra llevó su mano desocupada hasta la boca en señal de espanto y Trinidad sintió crecer dentro de su pecho una ira tan grande que le quitó el habla. Sony llegó por detrás y vio toda la escena. Vio a su madre tratando insensatamente de limpiar la tela con la mano como si tan solo le hubieran caído algunas migas. Vio a su hermana montar en cólera; se le encendieron las mejillas y los ojos se le llenaron de lágrimas. Así de irascible era la niña. “¡Qué me hiciste, mamá! ¡Qué me hiciste!” fue lo único que pudo exclamar. Y su madre se desarmó en excusas incomprensibles a las que nadie prestó atención. Sobre todo después de que llegara Jonás, el hijo mayor, y estalló en carcajadas antes de que su hermana cayera sobre él con intenciones de clavarle las uñas en el rostro. El padre en persona tuvo que intervenir para restablecer el orden a los gritos y pegando un puñetazo en la pared que casi le cuesta una fractura. Trini se vio obligada a recuperar el guardapolvo que la noche anterior había puesto en el lavarropas. Pero para ese entonces, Sony ya viajaba aliviado en el tren rumbo a Adrogué. Ya inventaría luego alguna excusa (creíble o no y siempre en el caso de que alguien se la reclamara) para justificar que no se cruzara en ningún momento con su hermana en el patio del colegio aquella mañana.





El tren no iba muy cargado. En ese horario, todo el mundo se movilizaba en sentido contrario. Un señor gordo y calvo le clavó una mirada inequívoca desde la fila de asientos ubicada al otro lado del pasillo y, en cierto modo, le causó gracia constatar que no era él el único caliente de la mañana. La calentura le atenazaba los brazos y las piernas, que le dolían como si hubiera realizado trabajos forzosos durante toda la noche. La aventura se la había puesto dura y, del sofocón, apenas encontraba fuerzas para respirar con naturalidad. Si el desahogo no lo hubiera estado esperando a pocas estaciones de distancia, seguramente el señor gordo hubiera tenido su oportunidad.

Al bajar en Adrogué, tomó un taxi. El domingo anterior no había prestado atención al trayecto y no tenía idea de cómo llegar hasta la casa del Chino. Y aunque la hubiera tenido, lo que menos necesitaba en esas circunstancias era perder el tiempo caminando. De manera que le dio la dirección al chofer y, mientras el auto se trasladaba por las calles arboladas, él se acicaló meticulosamente, se puso perfume, puso la única cajita de preservativos que se había animado a comprar y un paquete de pañuelos de papel en el bolsillo externo de la mochila y se acomodó la pija dura como pudo, disfrutando (de un modo que luego le pareció enfermizo) de ese roce fugaz que le encendió las mejillas. En menos de un suspiro, el taxi se detuvo frente a la casa. Eran las ocho y diez y el Chino esperaba apoyado en la reja, espléndido, exhibicionista y seductor como siempre.





Llevaba una musculosa rosa que, al contraste con su piel morena, hizo que la piel de Sony se erizara de solo verlo. Las tetillas se le pusieron tan duras que le aguijoneaban el pecho al rozarse con la camisa. Apenas bajó del auto, el Chino ya estaba a su lado y con una sonrisa de oreja a oreja empezó a parlotear a modo de bienvenida, sin que Sony lograra asomar siquiera de su aturdimiento. La sangre era un timbal en sus oídos y la garganta se le había cerrado a cal y canto. Solo fue consciente de las manos cálidas del Chino cuando lo tomó del brazo y lo condujo hacia la entrada lateral, rumbo al parque trasero.

Ni bien traspusieron el portón y estuvieron a salvo de miradas indiscretas, el cuerpo del anfitrión se extendió como una fragua y el mundo se hizo infierno y paraíso al mismo tiempo. No había ánimos de ahorrar besos y manoseos. Las cuatro manos se movían sin descanso y hubiera podido decirse que el calor de ambos había terminado por incinerar sus ropas. Sony solo oyó algo sobre una promesa y que allí mismo empezaría a cumplirla. Segundos después, ya se hallaba de cara a la pared, con el torso desnudo y los pantalones arrollados en los tobillos. Las manos del Chino lo aferraron con violencia y la verga se le coló entre las nalgas sin aviso de llegada. Su esfínter ensayó una tímida resistencia pero la bravura del hombre que tenía a sus espaldas era furibunda. Por instinto supo reprimir el gozo que se le escapaba en jadeos por la boca. No era aquello lo que había imaginado para su reencuentro pero ¡tanto mejor! El pubis se refregaba contra sus nalgas y movía en sus entrañas el falo con el que había soñado cada noche. Las piernas del Chino sabían acariciar salvajemente al ritmo de la pelvis. Sus brazos asfixiaban. Sus labios eran un arrebato y… no… Miqueas jamás hubiera podido imaginar que algo semejante fuera posible. ¡Ni siquiera él mismo podía creer lo que estaba sucediendo! Si todo aquello era un sueño, preferiría morir antes que despertar. Sobre todo cuando el Chino alzó su cuerpo y se lo cargó al hombro como si de una bolsa de papas se tratase, dejando las ropas de ambos hechas un bollo junto al portón y palmeándole el culo a cada paso. Lo tumbó sobre el césped, a un par de metros del ligustro detrás del cual se la había chupado por primera vez días atrás. “Yo cumplo mis promesas” declaró el Chino mientras revoleaba soquetes y zapatillas, las últimas prendas que le quedaban a un Sony caliente y confundido, tendido de cara al cielo con las piernas en “v”. Lo penetró de nuevo, salvaje, irresistible, y el furor de sus músculos era apenas contenido por el sudor. Le mordía los pies, le abría las nalgas con ambas manos, levantaba todo su cuerpo con la verga y el esbelto cuerpecito de Sony quedaba reducido a una viciosa fuente de satisfacción. Aun hoy, después de tantos años, lo recuerda con tanta intensidad que, a Fede y a mí, hasta nos da celos de solo imaginarlo.






El Chino acabó en torrente pero no quiso que Sony también lo hiciera. No todavía. Por si no lo recuerdan, la promesa había sido cogerlo en cada rincón de la casa y estaba dispuesto a honrar su palabra. Cuenta Sony que así fue, que tuvieron todo el día para recorrer las distintas habitaciones y, en cada una, su cuerpo se dejó invadir por el regocijo de ese dragón que su amante llevaba entre las piernas.

Pero basta por hoy. El entusiasmo nos rebasa el bies de los calzones y creo que ya es hora de buscar un alivio. Sí, ya sé que al inicio les había prometido contarles otra parte de la historia, pero tengan por seguro que esto no acaba aquí.






Continuará...



2 comentarios:

  1. Me habéis dado mucho trabajo con tanta calentura...

    Un abrazo

    ResponderEliminar
  2. WOOOOOOOOO !!! Muy bueno Zekys !!! Que ganas tenia ya de un buen relato. X Dior ahora no seas cruel y danos pronto la continuación, que esa parte que as comentado al pricipio sobre la doble penetración, unida ala torridez del relto nos dejo con la pija dura y los dientes largos jajajaja....

    Besitosss !!!

    ResponderEliminar

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