martes, 11 de julio de 2017

La serpiente y el dragón - Parte 2 (Recargadísimo)

Publicado originalmente el 20 de diciembre de 2014


Acá tienen la segunda parte de esta saga, cuya primera parte tuvo tanta aceptación (tanto en el blog censurado como en este). Pronto llegará la tercera. La elección de las imágenes para ilustrar son exclusiva responsabilidad de quien suscribe y mis maridos han accedido a publicarlas bajo cláusula de protesta, jajajajaja.






Si lo pensamos bien, no le costó mucho al Chino convencer a Sony para subir a su cuarto. La historia era bizarra pero real. Los dos estaban calientes y los ojos gritaban SEXO-SEXO-SEXO. Los viejos ya estaban adobados con tinto y se reían de cualquier cosa. Por eso, no solo no vieron que los chicos pasaron frente a ellos tomados de la mano, sino que tampoco se percataron de que ambos la tenían dura, a pesar de haber intentado bajarla antes de ponerse pie tras el ligustro.

Por una maniobra involuntaria o premeditada por parte del Chino, al trasponer la puerta de la cocina, Sony quedó por delante y ahí fue cuando el moreno lo abrazó por detrás y lo arrinconó entre la heladera y la pared. De pronto, las manos surgieron por todos lados y Sony se sintió deliciosamente atrapado entre sus brazos. También sintió la erección entre sus nalgas. Mucho más cuando el Chino quiso bajarle la bermuda y el falo se le acomodó naturalmente en la hendidura. “Te cogería acá mismo” le susurró el Chino al oído con esa voz desesperada que solemos tener los hombres cuando solo pensamos con el glande. Sony entró en pánico.

— ¡Ni se te ocurra! —exclamó mordiendo las palabras.

Pero al Chino ya se le había ocurrido y la verga le estaba mojando los cachetes del culo mientras le mordisqueaba la nuca.

Un escalofrío de placer recorrió a Sony de pies a cabeza pero pudo mantener la conciencia de lo inconveniente de la situación. Se produjo entonces un breve forcejeo en el que Sony buscaba zafar del abrazo y el Chino se empeñaba en penetrarlo allí mismo y de parado.

— ¡NO! —volvió a decir Sony, esta vez elevando la voz— ¡Me prometiste que íbamos a ser discretos!

Y diciendo esto, logró darse vuelta entre los brazos del Chino y enfrentarlo cara a cara. El rostro del Chino estaba sonriente. Acalorado pero sonriente. No dijo nada, aunque tampoco aflojó la presión sobre el cuerpo de Sony y, luego de unos instantes de mirarlo fijamente a los ojos, le comió la boca con tal naturalidad que Sony no tuvo fuerzas para detenerlo. Fue un beso profundo. Cálido más que caliente. Por primera vez Sony comprendía las canciones que decían “tu boca que quema”. Si el tiempo se hubiera detenido en aquel momento, también hubiera comprendido lo que era el paraíso. EL beso fue largo y las manos del Chino no se quedaron quietas. Las bermudas de Sony seguían bajas y ambas manos se apoderaron de las nalgas y las aferraron con fuerza como si quisieran ordeñarlas. Instintivamente, los brazos de Sony se escurrieron hacia arriba y rodearon el cuello de su opresor, intercambiando en cierto modo los papeles.

Quién puede saber cuánto tiempo estuvieron allí, besándose en silencio mientras, a escasos tres metros del lugar donde se encontraban, sus padres seguían la tertulia. Tampoco es posible saber las causas que quebraron el hechizo, pero cuando sus labios se separaron, la rigidez de sus entrepiernas los liberó de la necesidad de dar excusas. El Chino alzó a Sony en brazos y encaminó sus pasos hacia la escalera que llevaba a la planta alta. La excitación le produjo un repentino mareo y trastabilló. Sony cayó al pie de la escalera. El Chino golpeó su cabeza contra la puerta del horno y a su alrededor una lluvia de cubiertos hizo el ruido suficiente para llamar la atención de Viviana, su madre.

— ¡¿Qué rompiste, Francisco?! —gritó desde la mesa junto a la parrilla.

— ¡NADA! Se cayeron unos tenedores nada más.

— ¡Dejá todo en orden como estaba, que no soy tu sirvienta!

El Chino refunfuñó mientras se ponía de pie. Pero la suerte no estaba de su parte. Al querer incorporarse, se aferró al borde de la mesada que estaba cubierta por un paño de cocina. El chico volvió a resbalar y esta nueva caída estuvo a punto de terminar en pequeña catástrofe: sobre el paño había una pila de platos que se habrían derrumbado sobre él si Sony no hubiera tenido reflejos suficientes para ponerlos a salvo. Ninguno de los dos pudo evitar la risa, aunque los dos la silenciaron llevándose las palmas a la boca, en tanto Viviana y Sandra decían no sé qué sobre el poco valor que les dan a las cosas los jóvenes de hoy. Sony tendió la mano para que el Chino pudiera levantarse, pero éste le dio un fuerte tirón y Sony también cayó al suelo. Sobre él. Sin que ninguno de los dos pensara en otra cosa, volvieron a besarse. Y sus vergas a endurecerse. Las voces del parque se diluyeron y solo se escuchaba el chuic-chuic de sus labios húmedos.

— Si no subimos ahora, te vas a terminar saliendo con la tuya… —susurró Sony, casi al borde de la rendición, y con un hilo de voz suplicó— Vamos a tu cuarto, por favor.

El Chino volvió a besarlo, pero esta vez con mucha ternura. Luego se ponerse nuevamente en pie, lo alzó como a una novia y así subieron las escaleras, acompañando cada paso con un besito suave en la mejilla, en la frente o en la boca.

La habitación era un completo desastre. Las sábanas de la cama estaban hechas un rollo en la cabecera; ropa usada por todos lados; un cenicero lleno de puchos en la mesita de luz; el ventilador de techo funcionando; las puertas del placar abiertas de par en par… Sony no apartó su mirada de la mirada del Chino pero igualmente pudo ver el panorama.

— Qué bueno que en algo seamos tan parecidos… —bromeó— Imagino que al menos vas a cerrar la puerta ¿no?

El Chino lo depositó sobre la cama sin responder. Besar y manosear no es compatible con hablar. Y mucho menos con pensar. Sony se dejó hacer. Él tampoco estaba en condiciones de usar la cabeza. Aunque dice que el acto de lograr intimidad fue su decisión. Con mucho esfuerzo logró desenredarse de los brazos del Chino y con paso inseguro caminó hasta la puerta, apartó unas zapatillas tiradas en el suelo y cerró la puerta de un golpe. El Chino quedó tendido en la cama, boca arriba, tratando inútilmente de sosegar el jadeo y con la pija dura escapando libremente por una pierna del pantaloncito de fútbol. Era la única prenda que llevaba puesta. Sony lo miró y el corazón se le subió a la garganta para luego regresar a su lugar y volver a subir. Sus piernas, morenas y bien formadas, parecían más largas y musculosas desde su nuevo punto de vista. Paso a paso se fue acercando. Se mordía el dedo índice como una colegiala porque se sentía como tal. Conozco esa imagen porque fue la misma que puso cuando nos acostamos por primera vez, algunos meses antes de la historia que ahora relatamos.






A medida que se acercaba a la cama, también su verga se erguía con entusiasmo y la gruesa tela de la bermuda no alcanzaba a disimularlo. Cuando los dedos de sus pies se encontraron con los de Francisco, los corazones de ambos empezaron a latir con mayor ímpetu. El Chino, casi por instinto (parece que era muy bueno para esas cosas), comenzó una lenta caricia a las pantorrillas de Sony utilizando sus empeines, una maniobra al parecer complicada pero efectiva. Cuando la entrepierna urge, cualquier sutileza es un avance. Sony estaba todavía más excitado que en la cocina, pero a la vez sentía miedo. Ya se sabe cuáles son las inseguridades más habituales en los adolescentes. ¿Será el momento? ¿Lo haré bien? ¿Quedará satisfecho? ¿Me dolerá? Por supuesto que lo único que tenía claro era la inconveniencia de hacer notorias sus vacilaciones. En consecuencia, tomó el toro por las astas y, en un solo movimiento sutil y cinematográfico, se desnudó y se deslizó suavemente sobre el cuerpo de su amante. Las siluetas se complementaban a la perfección. Sus brazos se acodaron entre los sobacos mientras las manos se perdían entre la cabellera del Chino. Las bocas volvieron a unirse, sorbiendo calor una de otra. Los vientres encastraron como piezas de ingeniería y las piernas de Sony abrieron una hendija entre ellas para dar paso a la erección morena que no admitía flexiones. La suya propia se aprisionó entre ambos pubis, lagrimeando de placer. Entre gemidos, jadeos, mordiscos y caricias, ambos adolescentes desarrollaron sobre el colchón desnudo uno de los rituales más antiguos de la humanidad. Puedo imaginar la escena y los veo en una mezcla marmolada de pieles y sudores. El cuerpo de Francisco no tardó en acomodarse por detrás del de Sony y lo masturbaba al tiempo que lamía su cuello.

— Yo cumplo mis promesas… —dijo de repente y, antes de que mi ahora marido tomara conciencia de las palabras, serpenteó hacia los pies de la cama y se enfrentó a la verga erguida de Sony que seguía lagrimeando.

No sabemos si lo hizo conscientemente. El Chino solo abrió la boca y se tragó el falo hasta la base como un verdadero profesional. Era su sacrificio por el placer obtenido y por obtener. Sorprendido y halagado a la vez, Sony vio cómo el rostro de Francisco se zambullía rítmicamente sobre su pubis; escuchó el sonido ahogado de la garganta ocluida; vio sus ojos brillosos al elevar la cabeza y el hilo de saliva que se resistía a romper el vínculo entre la boca y el glande. Esa mamada no fue placentera pero sí halagadora y, con los años, se dio cuenta de que también había sido una prueba de sincera amistad. Lo que equivale a decir “de sincero cariño”.

Cuando Sony le propuso intercambiar los roles, Francisco se sintió aliviado. No pudo disimularlo. Se echó entonces boca arriba con las piernas abiertas y Sony se acomodó de costado para comerle la verga tan golosamente como le fue posible. El dragón desaparecía tan sencillamente entre sus labios que el Chino fantaseó con la idea de pasar así el resto de la tarde y también la noche y también el día siguiente. Tal vez se preguntaba cómo era posible que Sony disfrutara haciendo algo que él detestaba. Tal vez no llegara a comprender cómo era posible que Sony engullera su pene con tanta facilidad sin sentir un fuego en la garganta. Claro que lo mejor en estos casos es no pensar y dejar que la cosa fluya. Sony parecía feliz con la verga en la boca y nada ni nadie podría convencerlo de que él mismo no estaba satisfecho por lo mismo. De hecho, aun a riesgo de no ser justo en medio del placer, podía afirmar que nadie antes se la había chupado tan bien.

Sony, por su parte, experimentaba un goce que no alcanzaba a comprender pero era muy capaz de disfrutar. Esa verga tan dura y tan venosa que se llevaba a la boca era, tal vez, la justificación para tantos meses de desasosiego. Desde aquella tarde de lluvia en que nos despedimos, había imaginado las mil y una maneras de chupar una pija y, casi sin conciencia de ello, las estaba poniendo en práctica en aquella otra tarde soleada, en el cuarto de Francisco. La carne tensa se deslizaba suavemente entre sus labios. El glande esponjoso acariciaba el paladar y los vellos del pubis le hacían cosquillas en la nariz. La oclusión de la garganta no era un problema como había imaginado en sus sueños masturbatorios. Bastaba con relajarse y dejar que el miembro se acomodara naturalmente. Una idea que lo hizo sonreír le vino a la cabeza: sin duda el resto del mundo no pueda comprender lo feliz que se siente uno con una pija en la boca. Con los labios hundidos en el pubis miró de reojo al Chino y también lo vio feliz, pero él sí era capaz de comprenderlo. Desde su punto de vista, todo tenía otro sentido y otra dimensión: la invasora cercanía del abdomen, los pectorales subiendo y bajando al ritmo de los jadeos, esos pezones en punta más duros que una semilla… y el rostro oculto por la perspectiva, que dejaba los ojos en un segundísimo plano y daba preferencia a los labios húmedos y a esas fosas nasales inusualmente redondas. Si no hubiera sido por el cansancio natural de los carrillos y del cuello, no le hubiera disgustado pasar así el resto de la tarde, tragando y destragando, lamiendo y besando a su dragón.

Pero tampoco dependía todo del cansancio de sus mandíbulas. Aquella era una tarea de dos y el Chino también tenía sus urgencias.

— Si seguís así, voy a acabar otra vez sin cogerte.

No hacía falta decir más. Si había algo que el Chino sabía hacer era transmitir clara y concisamente sus mensajes.

No sin nerviosismo, Sony deslizó su cuerpo hasta ponerse hombro a hombro con Francisco. Con cierta timidez, se colocó un poco de costado, como ofreciéndole el trasero. “¿Me pongo así?” le preguntó en un susurro tan débil que el Chino tuvo que adivinarlo, ya que hubiera sido imposible escucharlo. Sin embargo, no le respondió. Se limitó a besar dulcemente su hombro, a acariciar sus caderas y a acomodar su pelvis contra las nalgas. Estaba extremadamente excitado y, cuando sintió que su pene se internaba suavemente entre las piernas de su compañero, fue presa de esa tensión que antecede a la eyaculación. Se retiró de inmediato y con mucho esfuerzo pudo controlarla. Hubiera sido imperdonable para él arruinar aquel momento acabando antes de tiempo. Más allá de sus declaraciones junto a la piscina, ese pendejo le interesaba demasiado.

Y era más que evidente que “ese pendejo” también estaba interesado. Tenía la piel suavecita y la excitación lo ponía más tiernito todavía. Cuando le abrió las piernas para comerle el culo no ofreció la menor resistencia. La tenía tan dura que la punta le llegaba hasta el ombligo y el culito rosado le empezaba a palpitar con el solo aliento. Le pasó la lengua para probar su reacción y fue más que placentero. Sony emitió un gemido reprimido (casi un sollozo) y sus piernas se abrieron aún más, como accionadas por un resorte. Incluso en esa zona de su cuerpo, la piel le olía como a flores y el contacto de la lengua con su hoyito fue tan especial que el Chino tuvo miedo de no hallar las fuerzas necesarias para pasar a la siguiente etapa. Ante cada lamida, los testículos de Sony se contraían como si estuvieran suspendidos por hilos invisibles. Francisco jamás hubiera imaginado que chupar un culo podría ser tan embriagador.

Las urgencias de su verga habían amainado cuando el esfínter de Sony empezó a dar señales de relajación suficiente. El Chino se chupó un dedo y lo introdujo lentamente para comprobar que así fuera. El dedo entró sin inconvenientes y la pija de Sony dio un respingo. Los dos se miraron y sonrieron. Ya era tiempo.

Al ubicarse entre las nalgas, la verga de Francisco relucía de saliva. Los pies de Sony, apoyados en su pecho, se veían reposados. El miembro penetró con lentitud y el Chino estuvo atento al rostro de su compañero en todo momento. Este abrió la boca y los ojos como con asombro. Pero era goce. El pene se internaba entre sus carnes y un calor desconocido lo invadía desde abajo. Sus manos respondieron al llamado de su propia entrepierna y un simple movimiento involuntario dio lugar a que la verga de Francisco se clavara hasta el fondo. De allí en más, todo fue ir y venir en su interior. “La felicidad es algo extraño (le diría a Francisco, horas más tarde): tantos tipos que hablan y hablan sobre ella y basta con que uno te la meta con delicadeza”. Aunque, según recuerda nuestro protagonista, no hubo tanta delicadeza aquella tarde. Envalentonado por las expresiones placenteras de Sony, comenzó a darle más duro. Y al no ver desaprobación en su carita, le dio más duro aun. Hacía calor y el ventilador del techo no alcanzaba a evaporar el sudor. Las gotas caían sobre el pubis y el vientre de Sony, después de recorrer su frente y el filo de su nariz. Los pies de Sony ya no estaban contra su pecho sino que se sacudían como juncos a sus costados, siguiendo el ritmo de sus embestidas. De pronto, Francisco fue consciente de que sus propias piernas estaban al borde del colapso, pero no podía detenerse. Penetrar a Sony de ese modo era una de las cosas más maravillosas que había vivido hasta el momento. Pero fue el mismo Sony el que tomó la decisión que lo eximiría de culpas. Propuso otra posición y, dándole la espalda, se puso en cuatro. El culo se veía así más esponjoso y, al abrir las nalgas, el hoyito estaba colorado y húmedo. No pudo resistirse y volvió a penetrarlo con fuerza. Sony dio un gritito de dolor pero ante nuevas embestidas fueron ya de goce. El Chino lo penetró a fondo una vez más y se abrazó a su espalda como si buscara fundir sus cuerpos en uno solo. El movimiento no cesaba y los jadeos de ambos tampoco. Por la ventana abierta llegaron las risas que provenían del parque y, justo en ese instante, toda la leche que quedaba en su interior invadió la intimidad de Sony. Un gemido ahogado escapó de su garganta y en su mente se maldijo por no haber podido aguantar un poco más. Pero la verga seguiría dura por un rato y no podía desaprovechar la oportunidad de hacer que Sony también alcanzara el orgasmo. Sin perder un instante, alzó a Sony entre sus brazos y lo echó de costado sobre la cama; él se echó por detrás y volvió a clavarlo con su verga en un movimiento brutal que Sony supo disfrutar. Tanto que lo estimuló para que continuara y el Chino supo así que había tomado la decisión correcta. La violencia de aquellos últimos empujones fue tal que el cuerpo de Sony se sacudía como un papel al viento. Pero la maravillosa eyaculación que tuvo fue suficiente justificación. Acompañado por gruñidos desaforados, el primer chorro de semen llegó más allá de su cabeza y se estrelló contra la almohada; el segundo fue más fuerte aún y llegó hasta la pared y el tercero y el cuarto fueron más discretos pero igual de caudalosos. A ninguno de los dos les importó que sus padres hubieran podido escuchar tan evidente demostración de plenitud.

— Si preguntan, les decimos que fue porque te metí un gol en el PES. —dijo Francisco, un rato después, cuando llegó el momento de los comentarios.

— Más que un gol, me metiste un caño.

— Pero un caño no es tan grave…

— Grave no. Tu caño es maravilloso.

Rieron y se besaron. Luego la charla tomó rumbos diferentes y cualquiera que los hubiera visto habría dicho que eran amigos desde siempre. El cuarto de Francisco estaba empapelado con pósters de Metallica y de Iron Maiden. En un rincón del techo colgaba un enorme gorila de peluche y junto a la ventana había una guitarra eléctrica, lustrosa e impecable en su soporte.

— La próxima vez te voy a coger en el parque. —dijo el Chino

Sony lo miró simulando desprecio.

— ¿Tan seguro estás de que voy a volver?

— No me cabe la menor duda. Tanto que también te voy a coger en cada habitación de esta casa. ¡Te voy a hacer un tour en chota!

Ese tipo lo hacía reír. Sony tampoco tenía dudas sobre eso y le daba tanto gusto haber encontrado a alguien que lo hiciera sentir tan bien que lo abrazó y lo besó por enésima vez. La verga de Francisco había retomado la actividad y Sony la sintió contra su vientre.

— Creo que quiere jugar otro partido —dijo.

— ¿Tenés el arco preparado?

— Como si recién hubiéramos comenzado.






Entonces Sony se echó boca abajo y el Chino lo cubrió con su cuerpo. Lo volvió a penetrar sin preámbulos y los dos fueron conscientes de que aquello se les iba a hacer costumbre.

Al caer la noche, después de tres polvos, muchos arrumacos y mucha charla, Sony se levantó de la cama.

— ¿Pero dónde vas? ¡No me abandones! —protestó Francisco, medio en broma y medio en serio.

— Voy al baño. A lavarme. ¡Porque me llenaste el culo de leche!

— Y tengo más todavía.

— Pero vas a tener que esperar un poquito, mi amor. Tengo el depósito a tope y estoy todo pegajoso.

— No mientas. Ese traste tiene aguante para rato y aunque esté enguascado me sigue invitando a entrar.

El Chino alcanzó a darle un chirlo en la nalga, antes de que Sony se pusiera fuera de su alcance. Por un instante sintió algo muy parecido a la turbación. ¿Cómo podía ser que le resultara tan agradable verlo desnudo, con el culo al aire? ¿Si ni siquiera tenía curvas de mujer? Pero esas preguntas fueron solo una sensación. Antes de que pudiera materializarlas en su mente, el grito de su madre lo transportó nuevamente a la realidad.

— ¡CHICOOOOOSSSS! HAY HELADO!!!!!! BAJEN RÁPIDO QUE SE DERRITE!!!!

— ¿Bajamos? —le preguntó a Sony cuando regresó del baño.

— Pero dame otro beso mientras me visto…

En la mesa junto a la parrilla, los viejos estaban en la misma posición que la última vez que los habían visto. Lo único diferente era el pote gigantesco de helado que había en el centro de la mesa y las seis cazuelas de cerámica, cuatro de las cuales lucían los restos del postre consumido. Los dos adolescentes, en cambio, eran muy diferentes.

Mientras les servía su porción, Viviana comentó:

— Seguro que estuvieron jugando al PES. Francisco es fanático. ¿Quién ganó?

Sony miró al Chino con picardía y sacó a todos de la duda.

— Me la puso tres veces.

El Chino casi escupe su helado al oír el velado desafío. Pero no se quedó callado.

— ¡Vos te dejaste! —redobló la apuesta.

— ¡Hijo! ¡No seas grosero! —exclamó Sandra, ignorando la respuesta de Francisco con una voz que ya no dejaba dudas sobre su problema con el alcohol.

— Ay, Sandri, no lo retes. Fue solo un chiste… —y dirigiéndose a Sony— ¿Viste que es un pesado con ese jueguito? Está todo el día dale que te dale. Nadie le puede ganar.

— Sí. Lo hace muy bien. Seguro que es capaz de darle y darle todo el día. El joystick se la banca —respondió Sony muy risueño, mirando de costado a Francisco y pronunciando exageradamente las palabras más sugerentes.

Pedro no parecía divertido con la charla. Tal vez fuera el vino pero la mirada que le echó a su hijo no era de aprobación. Sony lo solucionó de manera sencilla: dejó de mirarlo. Desplomado sobre la silla con su inmensa panza aprisionada contra la mesa, con el rostro encendido por la bebida y la hipertensión, no era un espectáculo que le agradara de todos modos. Eduardo, por lo menos, había tenido la discreción de recostarse sobre la mesa para quedarse totalmente dormido. Al verlo, Sony supo que se avecinaba el momento de la despedida. Y no quería despedirse todavía. Sin embargo, en un rapto de lucidez por parte de su madre, sus temores se hicieron realidad.

— Bueno, Vivi, está todo muy lindo pero ya es hora de tomarnos la de Villa Diego. —le anunció a su vieja amiga.

— ¿Pero no se quedan a cenar? ¿Qué vamos a hacer con toda la carne que sobró?

Sony intentó una última jugada pero no pudo convencer a su madre para quedarse un rato más. Pedro también se le puso en contra y finalmente se levantaron (como pudieron) dispuestos a partir. Viviana despertó a su marido y lo acusó (simulando dulzura, por supuesto) de mal anfitrión.

— ¿Cómo es posible que el dueño de casa se ponga a roncar sobre la mesa?

— Mil perdones, amigo mío, —se disculpó Eduardo ni bien pudo ponerse otra vez en pie— tuve un lapsus… no entiendo cómo…

Pedro hizo un chiste de mal gusto y se rió tan estrepitosamente celebrando su propia ocurrencia que la barriga se ondulaba y se contraía al compás de la risa. Sony odiaba que hiciera esas cosas.

— Los llevaría en el auto hasta su casa, —dijo Eduardo— pero no creo estar en condiciones de ponerme al volante.

— ¡Yo los llevo! —se apresuró a proponer Francisco— No bebí ni una gota de alcohol.

Eduardo lo miró con satisfacción y se acercó para abrazarlo y elogiarlo ante las visitas.

— ¡Hijo ‘e tigre! Me gusta que seas así de servicial.

— Yo no sé… —intervino Viviana.

— ¿Por qué, mamá???? —protestó Francisco al borde del enojo— ¡Si ya tengo mi licencia!

Eduardo miró a su esposa con expresión conciliatoria. Con una sola mano, el Chino dobló la cucharita de acero que había usado para comer el helado. La situación se puso tensa y, por unos instantes, nadie osó abrir la boca.

— Bueno… —dijo finalmente la madre de Francisco— ¡Pero nada de hacerte el loco con la velocidad! ¡Vas y volvés rápido!

Solucionada la disputa, Francisco fue a ponerse “ropa decente” (esa fue otra de las condiciones de su madre), regresó con las llaves del auto en la mano y sacó el vehículo del garaje. Para entonces, los viejos ya estaban terminando con las despedidas y Sony lo miraba con cierto malhumor, mordiéndose con fuerza el labio inferior. El volumen de su padre hizo que fuera conveniente que ocupara el asiento del acompañante, el sitio que Sony hubiera querido para él. Pero en compensación pudo sentarse detrás de Pedro, lo que le daba la posibilidad de ver a Francisco mientras conducía. Era un pobre consuelo, pero consuelo al fin.

Durante el viaje de vuelta, el Chino se mostró como un verdadero chofer. Serio y concentrado en el camino, aunque igualmente atento a la tonta charla que le daba Pedro. Por fortuna para él, viajar en auto es más rápido que hacerlo en el transporte público, de modo que en menos de quince minutos ya estuvieron en casa. Hubo que ayudar al obeso padre de Sony a levantarse del asiento y casi se queda atascado sin poder salir. Sony se moría de vergüenza pero a la vez aprovechó para rozar disimuladamente la mano de Francisco en medio de la maniobra. Una sonrisa franca fue una retribución más que justa. Pero aun así, antes de entrar en la casa, se metió dentro del auto con la excusa del saludo y, tras un beso en la mejilla, le dijo a Francisco al oído: “No te vayas todavía; esperame en la esquina”.





Unos minutos después, Sony volvió a salir de la casa y miró a su alrededor con nerviosismo. El auto estaba en la esquina y le hizo señales con las luces para llamar su atención. Sony corrió hacia él. Francisco comprobó por primera vez el estado atlético de su nuevo amigo y sintió algo bastante parecido al orgullo, mientras lo observaba correr hacia él como un verdadero campeón. Al entrar nuevamente en el auto, Sony puso unos papeles sobre la luneta y se abalanzó sobre el conductor para comerle la boca.

— No tenemos mucho tiempo. —dijo— Puse la excusa de un compañero que me pedía unos apuntes con urgencia. No podía despedirme sin un último beso.

Lo que no quedaba claro era cuál sería el último. Porque al primero siguió un segundo y un tercero y al final del cuarto, el cuerpo pidió más.

— No podía despedirme sin chupártela de nuevo.

Y yendo de las palabras a los hechos, sin decir más, desabrochó la bragueta de Francisco y se zambulló en su entrepierna para engullir el pene que ya ostentaba otra considerable erección. Por supuesto que el Chino se dejó hacer. Aunque no se privó de sobarle las nalgas por debajo de la bermuda que, apenas unas horas atrás, le había quitado con tanta ansiedad. Ni tampoco se privó de una última petición.

— No podemos despedirnos sin un último polvo.

Y dicho esto, echó el asiento hacia atrás, se bajó los pantalones hasta los talones e invitó a Sony a montarse. Fue un polvo rápido, incómodo y desesperado pero nadie en el lugar de ellos se hubiera arrepentido de aquella locura.

— Ahora que sabés dónde vivo, —dijo Sony antes de salir del auto— espero que esta no haya sido nuestra última vez.

— No veo la hora de volver a echarnos otro.

Sony sonrió con un poco de tristeza y le dio (esta vez sí) el último beso en los labios, no sin antes hacer una promesa perturbadora:

— Me llevo dentro un poco de vos. Lo voy a guardar hasta que vuelva a verte.

Fuera de contexto, es sin dudas una imagen repugnante. Pero en esta historia de adolescentes en llamas, fue como encender un reguero de pólvora que, tarde o temprano, tendría que estallar.

Continuará...


3 comentarios:

  1. Muy sensual el relato jejeje. Que maravilla Zekys, esa resolución tulla para las palabras. Cuanto mas leo mas me engancho jajajaja. De verdad Zek, planteate muy en serio, escribir tus relatos en un libro, y publicarlo. Me jugaria el cuello a que seria un exitazo rotundo jajajaja.

    Besitosss !!!

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  2. Gracias por el elogio, amigo. Pero no te juegues tanto, que el cuello lo necesitás para mantener la cabeza en su sitio jajajajajaja

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  3. Estoy convencido de que Zek triunfaría como escritor, me sumo al cuello de Juanjo... :)

    Un abrazo.

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