lunes, 10 de julio de 2017

La serpiente y el dragón - Parte 1 (Recargado)

Publicado originalmente el 30 de septiembre de 2014


Cuando Fede publicó, hace unos meses, el corto Cena de Shabbat, Sony nos contó una anécdota muy cachonda y, desde entonces, estuvo esperando su turno para aparecer en BANANAS. Sí, me tomé un poco de tiempo, pero al fin llegó, jeje (quizá convenga leer o releer un relato anterior: "Que no, que no... ¡Que sí!").

A pesar de mis grandes y profundos reparos acerca de la importancia de sus prestaciones, a estas alturas nadie puede negar la gran revolución que, en esta era del auge de las comunicaciones, ha generado la aparición del Facebook. Miles y miles de personas entran en contacto entre sí sin haberse visto en persona jamás en la vida. Gente valiosa y de la otra, que toma conciencia de la existencia de otros seres que, de no haber mediado el invento de un nerd adolescente, jamás hubieran sabido uno del otro. Miles y miles de personas que se encuentran aunque más no sea virtualmente y otros miles que se reencuentran con gentes que no habían visto en décadas. Viejos amigos de la infancia, compañeros de escuela, amores del pasado, todos con la oportunidad de volver a retomar una historia en común.

Eso fue lo que le sucedió a Sandra, la madre de Sony, en la primavera del 2004. Curiosa como toda madre, de tanto revisar las conexiones de sus hijos en la computadora nueva, sucumbió ella también a la tentación de abrir su propia cuenta en la red social. Y tal fue su sorpresa cuando fue contactada por la que fuera su mejor amiga durante la secundaria, que no pasó mucho tiempo antes de que se reunieran en un bar para ponerse al tanto de sus vidas. El siguiente paso fue organizar una gran reunión familiar.

Como era de imaginar, tanto a Sony como a sus hermanos la noticia les cayó como una patada en los huevos (en el caso de Triny, por ser mujer, en los ovarios). Ningún joven o adolescente ve con entusiasmo un encuentro con amistades de sus padres que no conocen. Todo bien con que los viejos se junten con otros viejos, pero ¿por qué tenía que ser una reunión familiar? Sin duda los hijos de la amiga tampoco querrían ir. Mucho menos si la consigna es coercitiva y no tienen demasiado margen para negarse.

Jonás, en su calidad de hijo mayor ya emancipado, se libró fácilmente del compromiso haciendo planes con sus propios amigos en la misma fecha. Lo de Triny fue más contundente y, justo esa precisa mañana, le llegó la menstruación… y ya era sabido en la familia que, cuando Trinidad estaba “en esos días”, padecía dolores insoportables, levantaba fiebre y se ponía más irritable que de costumbre (lo que no era poco decir). Conclusión: Sony fue el único de los tres hermanos que no pudo encontrar una excusa válida para hacerle la pera a los amigos de su madre.

Para colmo ese domingo hizo un día espléndido que habría podido aprovechar en la Reserva Ecológica, babeándose con los chongos que salen a correr para mantenerse en forma. Algunos de sus conocidos salían de levante por esa misma zona pero él era más tímido de lo que aparentaba y nunca se había atrevido a encarar a nadie. Ni siquiera había sido capaz de hacerlo en Angel´s, el boliche gay al que lo llevara un par de veces su amiga Mumy. Ella sí que era lanzada. Como se dice vulgarmente: no dejaba títere con cabeza. Nunca se preocupó por su condición de travesti. Ella se sentía mujer y actuaba como tal. Y lejos de lo que uno podría llegar a suponer, tenía mucho éxito con los hombres. Jamás volvía sola a su piecita del barrio de Once. En cambio Sony era más retraído y le costaba entablar vínculos del tipo “íntimo”. Había apretado varias veces con chonguitos que encontraba en el boliche pero nunca había pasado de eso. De no haber sido por ese encuentro que tuvimos, él y yo, aquella tarde de agosto en la que nos empapamos, todavía habría seguido virgen. Después de aquella experiencia, no había estado con nadie más. ¡Y ya habían pasado dos meses!, lo cual echa por tierra mi teoría de que todos podemos pasarnos los primeros quince o veinte años de nuestras vidas sin coger pero que, una vez que nos iniciamos, ya no podemos dejar de hacerlo. El caso de Sony rompía con mis postulados (aunque todavía sostengo que se trata de un caso cuya excepcionalidad confirma la regla).

El viaje hasta la casa de Viviana (la amiga de Sandra) pudo haber sido penoso pero quizá no lo fue tanto. A Pedro, el padre de Sony, el miserable sueldo de operario en una fábrica de heladeras apenas le alcanzaba para parar la olla y, por consiguiente, no tenía auto. Eso significaba que todo traslado de la familia debía contar con el proletario auxilio del transporte público. Tren en este caso. Para quienes no conocen Buenos Aires y sus alrededores, viajar desde San Telmo hasta Adrogué no es usualmente muy complicado: hay que tomar el tren en la estación Constitución y son solo unas pocas paradas. Sin embargo, por alguna nefasta alineación de los planetas, aquella mañana de domingo, el servicio funcionaba a modo condicional y los trenes salían desbordados de pasajeros. Para colmo de males, Pedro estaba un tanto excedido de peso. Sony, por el contrario, tenía (y sigue teniendo) un cuerpo bien marcado, fruto de su arduo trabajo en el gimnasio, y solía avergonzarse de la grotesca obesidad de su padre. No obstante, por más que en su fuero interno lo hubiera deseado en más de una ocasión, no podía hacerse el distraído y hacer de cuenta que no lo conocía (era un gordo impresentable pero en el fondo lo quería), así que él y su madre lo siguieron estoicamente a lo largo del andén, buscando algún vagón que tuviera capacidad para albergar su voluminosa humanidad.

Después de un largo rato de espera, el tren se puso en movimiento. El aire dentro del vagón era irrespirable. Demasiada gente en muy poco espacio. Eran épocas en que la Argentina recién empezaba a salir de la crisis que terminara en los hechos dramáticos de diciembre de 2001. La calidad de los servicios públicos se había resentido y uno de los más afectados había sido, justamente, el de los ferrocarriles suburbanos. Antes de llegar a la primera estación, el tren se detuvo. Nadie podía saber la causa pero situaciones como esa sucedían a diario, de manera que la gente se quejaba pero ya lo tomaba como algo “natural”. En cambio algunos otros aprovechaban para hacer alguna “travesura”. El calor era sofocante. Alguien reclamó que abrieran todas las ventanas pero, aun después de que lo hubieran hecho, Sony sentía que no podía respirar. Pero no tuvo mucho tiempo para “disfrutar” de su agobio. De pronto sintió un pellizco en el culo y, antes de que pudiera reaccionar, lo que indudablemente era un dedo se introdujo fugazmente entre sus nalgas. Frente a él, estaban sus padres, a la izquierda un señor de unos setenta años con cara de yo no fui, a la derecha una señora que podría estar exenta de toda sospecha, y por detrás dos tipos corpulentos que le daban la espalda. ¿Quién había sido el que le había tocado el culo? Imposible saberlo. Estaban todos demasiado apretados y cualquiera de los dos habría podido hacerlo sin despertar sospechas. Minutos después, el tren seguía detenido y Sony volvió a sentir el pellizcón y el dedo metiéndose entre sus nalgas. Esta vez la reacción fue más rápida pero, al estar tan apelmazados unos contra otros, le fue imposible ver la mano que lo estaba acosando. En las condiciones apropiadas, que le tocaran el culo pudo haber resultado francamente agradable, pero en aquellas circunstancias se sintió violentado e impotente. Cuando sucedió por tercera vez se sobresaltó notoriamente y su madre se dio cuenta. “Me dio un calambre en la pierna”, le mintió Sony. ¿Cómo explicarle ante todo el mundo que estaba siendo víctima de acoso? Prefirió darse vuelta e intentar que la nueva posición desalentara al abusivo. Dio resultado. Tras cinco minutos de detención, el tren se puso nuevamente en marcha y no volvió a repetirse el incidente hasta el momento en que tuvo que descender en la estación de Adrogué. Mientras se abría paso entre la gente para alcanzar la salida, la mano anónima le apretó la nalga izquierda con toda la amplitud de sus garras. Se dio vuelta de inmediato para descubrir al autor, pero todos parecían tan inocentes como al principio.

Con la furia que la situación meritaba, descendió del tren junto a sus padres. Volvieron a preguntarle qué le sucedía, pero Sony no vio caso de contarles su desagradable experiencia. Al fin y al cabo ya había terminado y nunca sabría quién era el responsable.

Era ya el mediodía y el calor apretaba. La casa de la tal Viviana no estaba cerca de la estación y, por fortuna, Pedro estuvo de acuerdo con tomar un taxi. Adrogué es una localidad bastante acomodada del Gran Buenos Aires. Mucho verde. Casas elegantes. Calles siempre limpias. El paisaje ayudó para que Sony fuera superando su mal humor. A último momento, Sandra experimentaba una extraña ansiedad y, durante todo el viaje en taxi, la pasó resumiendo todo lo que ya les había relatado acerca de su relación con Viviana en las últimas semanas. Sony trató de tomárselo con calma. Entendía la importancia que para ella encerraba aquella aventura y no emitió ni una sola de las quejas que pugnaban por salir de su boca, sin filtro ni compasión. Pedro, en cambio, se aisló del parloteo de su esposa como solía hacerlo habitualmente: mirando hacia el exterior del auto se puso a canturrear un tango mientras tamborileaba rítmicamente con los dedos sobre el filo de la ventanilla.

El hogar de Viviana era precioso. Nada que ver con la pocilga de apartamento que ellos habitaban en la capital. Era un chalet enorme de dos plantas con jardín al frente y, aun desde la calle, podía verse que tenía un gigantesco fondo lleno de árboles frutales. Viviana era, a las claras, una de esas señoras elegantes que se peinan cuidadosamente y se maquillan antes de salir para el mercado. Llevaba ropa deportiva y lucía una figura espléndida. Era simpática y amable y parecía varios años menor que Sandra, aunque de hecho tuvieran la misma edad. Eduardo, su marido, tenía el cabello completamente blanco a pesar de que no parecía tener más de cuarenta. Era un tipo jovial y desinhibido y Sony fantaseó por unos instantes con la idea de refugiarse entre sus brazos, en la penumbra de Angel´s.

Luego de mostrarles la casa, los anfitriones los invitaron a ponerse cómodos en el parque trasero, donde habían dispuesto una gran mesa junto a la parrilla en la que ya se estaba preparando el asado. La carne dorada crepitaba sobre las brasas y todo el conjunto daba una sensación de paz y tranquilidad que a Sony le hizo recordar ciertos pasajes de su infancia en la casa de los abuelos en Malargüe.

– Che, ¡qué lindo hijo que tenés! –dijo Viviana– ¿Este es Jonás?

Semejante confusión molestó nuevamente a Sony. A su criterio, su hermano era (es) un orangután prehistórico, un error de la genética, un ser que no tiene nada en común con él, ni con su familia, ni con la raza humana. Sandra se apresuró a marcar las diferencias.

– ¡No! Él es Simón, el menor. Jonás ya se maneja solo. Es mayor de edad y no le gusta mucho salir con mamá y papá.

– ¡Pero todo el mundo me llama Sony! –corrigió Sony de inmediato, ante el flagrante error de su madre.

– Ay, ¡perdón! –le dijo Sandra a su hijo, luego de darse cuenta de cómo lo había presentado– Juro que fue sin querer. ¡No me di cuenta!

Era un largo conflicto entre Sony y sus padres. Sony detestaba (y aun detesta) su verdadero nombre y deploraba que su madre lo ventilara tan impunemente.

– Ya sabés cómo son estas cosas, –le explicaba a Viviana– una se pasa nueve meses pensando el mejor nombre para ellos y después resulta que no les gusta.

– En todos lados se cuecen habas. –intervino Eduardo– En nuestro caso tenemos un único hijo, Francisco Iván, y tampoco le gusta su nombre. ¡Ninguno de los dos! Prefiere que sus amigos lo llamen “Chino”. ¿Podés creer algo semejante? Tanto buscar un nombre elegante para que termine reemplazado por un apodo tan vulgar.

– Hablando de nuestro hijo… –Viviana caminó unos pasos hacia la casa y gritó con mucha clase– ¡Fran! ¡Ya llegaron las visitas! –y regresando junto a los invitados– Es que anoche estuvo de juerga con sus amigotes y está casi sin dormir… Justo cuando ustedes tocaron el timbre lo estaba despertando…

– Se ve que practicás deportes… –dijo Eduardo, dirigiéndose a Sony.

– Sí, –respondió Pedro, antes de que Sony pudiera abrir la boca– va mucho al gimnasio.

– Se nota, se nota… Tiene buenos hombros y brazos fuertes. Flaquito pero bien tonificado…

Sony se sintió incómodo. Eduardo lo estaba examinando como si fuera un artículo de colección y su padre se acomodaba nervioso en su asiento. Es que Pedro nunca estuvo de acuerdo con que su hijo menor practicara gimnasia artística. Influenciado por Jonás, consideraba que era un deporte de nenas y solía ponerse tenso cada vez que se hablaba del tema en su presencia. Por eso mismo, Sony decidió no dar muchas explicaciones al dueño de casa, que se quedó con la idea de que el chico era uno más de los tantos adolescentes que buscaban solo un buen cuerpo matándose diariamente en los aparatos. En gran medida era así, porque Sony entrenaba todos los días, pero no era solo por el buen cuerpo: Sony siente la gimnasia como algo inseparable de su propio ser… casi, casi como el sexo. Pero eso todavía no lo sabía por aquellos tiempos.

– ¡Fran! –volvió a gritar Viviana– ¡Bajá rápido que ya estamos por comer! –y el tema de conversación pasó a tratar sobre la ausencia de Triny.

Sony volvió a preguntarse si aquella reunión había sido una buena idea. Si bien le quitaba presión ante la tozuda postura de su padre frente a su elección como deportista, tampoco era muy agradable escuchar por enésima vez (pero esta vez en presencia de extraños) los meandros de las experiencias menstruales de su hermana. Para colmo, Eduardo resultó ser kinesiólogo con veleidades de médico y la charla derivó en diversas especulaciones acerca de las causas que llevaban a Triny a padecer tan dolorosamente sus ciclos femeninos. Entre tanto, el asado seguía crepitando en la parrilla y Sony sufría porque en su familia todo el mundo lo prefiere bien jugoso. Era extraño que Pedro no hubiera dicho nada al respecto. Seguramente había sido aleccionado por Sandra antes de salir de casa.

Por tercera vez, Viviana llamó a su hijo:

– ¿Para cuándo, Francisco? ¡Te estamos esperando para empezar a comer! ¡No seas maleducado y bajá a saludar a las visitas!

Por un instante, todos nos sentimos incómodos. Pero esta vez hubo una respuesta.

– ¡Ya voy!

Era una voz grave y potente. Inconfundiblemente de varón adolescente muy molesto.

– Ustedes sabrán disculpar. –se excusó Viviana en tono pretendidamente jocoso– Una hace todo lo posible por educarlos pero ellos después hacen lo que se les da la gana. Juro que nosotros lo educamos bien, pero él no aprende.

Risas de compromiso por parte de todos los presentes. Excepto Sony.

El sol de Adrogué parecía más luminoso que el de San Telmo. El aire también era distinto y la suave brisa que siseaba entre las hojas de los árboles daba ganas de ignorar el entorno y concentrarse en lo único bueno que había propuesto la visita hasta el momento. Hasta el momento… porque muy pronto entraría en escena la persona que echaría por tierra todos los argumentos que Sony había enarbolado para zafar de la visita.

Mientras Viviana seguía con sus explicaciones y teorías acerca de los abismos que existen entre el deseo y los logros en la educación paterna del posmodernismo, apareció ante los ojos de todos el pendejo más excitante que Sony había visto desde que se le despertaran las hormonas.

El Chino era sencillamente impactante. Diecisiete años recién cumplidos. Alto, espigado, fibroso, piel morena y reluciente, un rostro cautivador a pesar de esos ojitos achinados que no solo justificaban su apodo sino que también resaltaban la delicadeza de sus rasgos. Llevaba puesta una musculosa amarilla muy escotada, ojotas blancas que contrastaban con sus pies cobrizos y pantaloncitos deportivos muy escuetos que le marcaban el bulto de manera muy poco sutil. Al verlo así vestido, Viviana puso el grito en el cielo:

– ¿No tenías algo más rotoso para ponerte? ¿No ves que hay visitas? ¡Andá a ponerte algo decente, haceme el favor!

– Dejalo al chico que así está bien. –dijo Sandra, con una voz melosa que despertó las suspicacias de Pedro y de Sony. ¿Sería acaso que su madre lo estaba mirando "demasiado"? No tuvo tiempo de llegar a una conclusión.

Desoyendo los reclamos de Viviana, el Chino se acercó a las visitas y saludó de compromiso. Pero cuando llegó junto a Sony, sus labios esbozaron una leve pero elocuente sonrisa.

No fue esa la reacción de Sony, no obstante. Deslumbrado por completo, él parecía sonreír con todo el cuerpo. La sensación interna era muy similar a la de los perros que sacuden la cola cada vez que su dueño regresa al hogar. El Chino se acercó para saludarlo con un beso en la mejilla (que es el típico saludo en la Argentina) y Sony, sin poder quitarle los ojos de encima y sin tener conciencia de lo que estaba haciendo, le apoyó ambas manos en los hombros como una muestra de su ansiedad por detener el tiempo en aquel saludo. El Chino captó la situación al vuelo y tomó a Sony (también con ambas manos) por la cintura. Parecía el reencuentro de dos enamorados pero los demás no dieron señas de haberse dado cuenta de nada. Estaban todos nuevamente ocupados por el tema del paso de los años y de cómo cambian las costumbres. El Chino, con una sonrisa más amplia que la inicial, tomó las manos de Sony y las devolvió con delicadeza a su posición natural, mientras le decía, como para romper el hielo:

– Yo te conozco. ¿Vos no vas a la media de Avellaneda?

Era el truco más viejo de la historia. Cualquier pregunta era válida para entablar una conversación. Ya fuera por sí o por no, se imponía una mínima explicación, daba lugar a una repregunta y así se generaba un diálogo que, según fuera la pericia de los intervinientes, podía transformarse en una charla amena e interesante. En este caso, podríamos decir que el Chino tenía amplia experiencia y lo que se inició con el sencillo tema de la escolaridad desembocó en los hábitos diarios, los programas de televisión preferidos y las coincidencias entre los gustos de uno y del otro. Se sentaron a la mesa en sillas contiguas. En las cabeceras se ubicaron Viviana y Eduardo y, frente a los dos chicos, Sandra y Pedro. Pero la constante fue que los mayores siguieron enfrascados en sus temas y los adolescentes pudieron hacer rancho aparte sin que a nadie le llamara la atención.

Envalentonado por la repentina simpatía del que, a priori, había parecido el mayor escollo para el éxito de aquel almuerzo, Sony se distendió y se animó a seguir el tren de la charla.

– Y este tatuaje ¿quién te lo hizo?

No se veía bien puesto que quedaba tapado por la musculosa, pero se podía apreciar que era un tatuaje profesional. El Chino se quedó mirando la expresión de Sony sin saber bien qué hacer o qué decir, pero finalmente llegó a la feliz conclusión de que la pregunta daba pie para quitarse la musculosa y mostrarle el trabajo con mayor detalle. Y, por cierto, era un trabajo muy bien hecho. Una serpiente en el pecho que parecía salir de su pectoral derecho. Sony quedó impactado por esa verdadera obra de arte, pero mucho más por la suavidad notoria de la piel del muchacho y la perfección del pectoral… ah, y también por el rico aroma varonil que Sony percibía (o adivinaba… o inventaba…) por sobre la invasora potencia del olor a carne asada.

– Me lo hizo un chabón de acá, de Adrogué, que es un capo total…

Ese tatuaje era su mayor orgullo. O uno de sus mayores orgullos. La serpiente volvía a emerger de su costado por debajo de la tetilla y otra vez a la altura del ombligo. Un trabajo muy detallado que Sony no pudo evitar tocar delicadamente. Para ello, el Chino había acomodado adecuadamente su torso y Sony lo interpretó como lo que era: una invitación. De hecho, sonrió nuevamente cuando vio que su gesto cosechaba su siembra.

– Y también tengo un dragón... -dijo el Chino- Pero ese no te lo puedo mostrar en este momento.

Para explicarse mejor, le guiñó el ojo y se señaló la entrepierna. Sony, sorprendido por semejante confesión, se sintió sofocado y confuso. Aunque supo aprovechar la confusión para volver a tocar la serpiente.


– ¡Dejá de presumir con ese mamarracho! –intervino Eduardo, salvando la situación del visitante y, dirigiéndose a Pedro, agregó– Ahí tenés otra de las cosas en las que los jóvenes de hoy tiran la plata: los tatuajes.

– Uf… y ese debe haber salido salado… –acotó Pedro, ya con una copa de vino en la mano.

– Mi viejo habla de puro boludo que es. –reaccionó el Chino con muy poco tacto, simulando una broma pero a las claras enojado con la actitud de su padre– No tiré ninguna plata porque esto me lo hizo un amigo “gratarola”.

– ¡Gratarola! ¡Ja! Gratarola si no contamos toda la cerveza que se tomaba ese chanta amigo tuyo cada vez que venía a hacerte el dibujito. ¡Si tardó como un mes! ¡No terminaba más, el muy guacho!

El Chino lo miró con odio. La mirada se le transformó en lanzallamas y se mordió los labios para no responder. Tanto que se sangró levemente. Fue Sony el único que lo notó. Esa boca era lo suficientemente sensual como para mirarla con detenimiento y, a pesar del deslumbramiento, pudo ver el hilito de sangre que se irradiaba por sobre el borde del labio inferior. Sin decir nada y casi por impulso cortó un trocito de la servilleta de papel y la colocó sobre la pequeña herida. El Chino se sorprendió por el gesto, pero más sorprendido quedó cuando sintió la otra mano de Sony que se apoyaba en su muslo desnudo. Todo parecía casual y hasta accidental, pero la tensión que ya existía entre los dos era más que clara. Al darse cuenta, el Chino giró su cuerpo hacia Sony y sus pies se toparon con los de éste, continuando la interacción a nivel del suelo. Sony siguió sin decir nada y solo se limitó a mirar al Chino, a los ojos, con carita de nene desorientado. Salió de su trance solo cuando fue el Chino el que puso, a su vez, la mano sobre su mano y la presionó suavemente. Sony se sonrojó pero la mano quedó allí, cubierta por la del Chino, y los pies jugueteando y alejados de las miradas indiscretas.

– Me hice mierda la trucha ¿verdad?

Sony hubiera querido decirle que se quedara tranquilo, que no era nada que no se pudiera solucionar con un poco de saliva y que él tenía mucha en su boca en esos momentos. Pero permaneció callado y se limitó a sonreír como idiota. Una vez más, el Chino tuvo que tomar la iniciativa.

– Vení conmigo. –dijo casi en tono de orden– Acompañame al baño así me limpio.

Y uniendo el gesto a la palabra, se puso de pie y casi arrastró a Sony tras de sí. No porque Sony no quisiera seguirlo, sino porque todavía estaba demasiado atontado como para tomar decisiones y controlar su cuerpo. Su padre hizo algún comentario y Sandra se rió. Pero Sony no tiene la menor idea de lo que pudo haber dicho. Ingresando a la casa, la espalda del Chino se impuso ante sus ojos y ya no pudo ver nada más. Bueno, ok, también le vio el culo, pero ya desde entonces sabía que esa no era la zona que más le impresionaba en un hombre. Aunque reconoce que era un bello y bien formado culo.

– Ah, no fue nada. –se animó a sí mismo al plantarse frente al espejo.

Y al ver la mirada de Sony no tuvo empacho en agregar:

– Y dejá de mirarme el orto que me lo vas a ojear.

Esas palabras sacaron a Sony de su encantamiento.

– ¿Eh? ¡No, no…! ¡Yo no…!

– Ay, dale, boludo, –dijo sonriente mientras le palmeaba el brazo– que nadie se murió porque le miren el culo.

La risotada que lanzó el Chino retumbó en el pequeño ambiente del baño y Sony intentó seguir su ejemplo pero no pudo. Estaba más que confundido con toda aquella situación que lo desbordaba. Apenas se conocían y ¿ya estaban haciéndose chistes e insinuaciones donde el culo era centro de referencia? Nunca le había sucedido algo semejante y no tenía noticias de que le hubiera sucedido a alguien más, a no ser que se tratara de una de esas historias porno de las películas triple equis. ¿Acaso el Chino estaba montando una escena similar?

– Ehhhh, ¡despertate, chabón! –vociferó el tatuado, abalanzándose sobre él y rodeándolo fuertemente con sus brazos.

Sony, instintivamente, forcejeó para zafarse.

– ¡Epa! ¡Mirá los musculitos que tenés! –se asombró el Chino.

Entonces, lo giró sin soltarlo y la imagen de Sony quedó frente al espejo, con el torso y la cabeza del Chino asomando por sobre su hombro izquierdo.

– ¿Qué…? –reaccionó Sony– ¿Te pensabas que era un debilucho?

El Chino dudó por un instante.

– No. Se ve que estás… fuerte.

El baño se llenó entonces de silencio. La mirada de uno se clavó en la del otro a través del espejo y la mano abierta del Chino se aferró al pectoral de Sony con cierta ternura. Pasaron unos minutos hasta que la voz de Viviana deshizo la magia llamándolos para comer. Antes de salir al patio, la voz del Chino susurró al oído del que hoy es mi marido: “Se siente lindo tocarte”.

Esas cuatro palabras fueron para Sony una llave. Sí, una llave que abría las puertas hacia su intimidad. Desde aquel encuentro que habíamos tenido, él y yo, en agosto, muchas veces había imaginado cómo se sentiría al volver a tener sexo. Pero siempre había supuesto que sería con algún chico que conociera en Angel’s. O con alguno que le presentara su amiga Mumy. Jamás hubiera sospechado que estaría en aquella situación tan bizarra, con las hormonas al galope y un deseo irracional por llevar todo hasta las últimas consecuencias. Él siempre había sido un chico más bien tímido y quedado, incapaz de llevar la iniciativa. Por eso se sorprendió a sí mismo cuando alguna faceta desconocida de su voluntad lo detuvo en seco y, sin volver la vista hacia atrás, con sus manos aferradas a los muslos del Chino y su aliento cálido todavía resoplando en su oreja, le respondió también en un susurro: “Si estás jugando con fuego, más vale que te quemes”.

Regresaron a la mesa. Eduardo ya había dispuesto las achuras y cada cual se sirvió lo que más le gustaba. Sony y el Chino siguieron como si nada hubiera sucedido pero cualquier observador perspicaz hubiera advertido que esa fugaz excursión hasta el baño los había transformado. La charla familiar siguió los carriles habituales: preguntas sobre estudios, aficiones y proyectos. Cada uno respondió a su tiempo con la más sencilla naturalidad. Por momentos, ambos tuvieron la impresión de estar siendo interrogados como se hace con aquellos novios que se presentan por primera vez en casa de sus suegros. Y entre tanto, por debajo de la mesa y sin que nadie lo notara, las rodillas y los pies ensayaban roces y caricias.

– Podrías convencerlo a Francisco para que vaya al gimnasio con vos… –dijo de repente Viviana, mirando seriamente a Sony y sirviéndole un trozo bien jugoso de vacío.

– Ay, no seas exagerada. –intervino Sandra– Si así está más que bien. ¡Mirá el físico que tiene el chico! ¿Qué querés que sea: como Schwartzenegger?

Entonces una alarma se encendió dentro de la mente de Sony. ¿Era posible que Sandra estuviera mirando al Chino más de lo que correspondía a su edad? Había una expresión muy extraña en su rostro. Las mejillas coloradas, la mirada deambulante, la voz temblorosa. Sony nunca la había visto así. Tal vez el vino contribuía a soltarle un poco la lengua pero le resultaba incómodo ver a su madre haciendo comentarios desubicados con un pendejo que tranquilamente podría haber sido uno de sus hijos. La sola idea le revolvía el estómago. ¡No era cuestión de tener que competir con su propia madre!

– Mamá, ubicate.

– Ay, pero ¿por qué? ¿Qué dije de malo? Solo que es un chico lindo y así está muy bien…

– Ya te entendimos, mamá. No aclares…

– Ey, chicos, no se peleen. Está todo bien… –terció Eduardo, mientras Pedro solo tenía ojos para su costilla crujiente– Pero yo estoy de acuerdo con mi esposa: ¿no te gustaría, Fran, ir al gimnasio como va Sony?

El Chino miró a su nuevo amigo y le sonrió con picardía.

– Podría ser. –dijo– Pero ojo que yo también tengo músculos.

Y una sola mirada bastó para que ambos adolescentes se juntaran hombro con hombro y compararan sus bíceps tensados, poniéndolos a consideración del improvisado jurado.

– ¡Pero decime si no son una belleza estos dos chicos! –exclamó el vino a través de la boca de Sandra.

– A mí no me pregunten. –dijo Pedro, tomando la costilla entre las manos grasientas para arrancarle los restos de carne con los dientes– A mí nunca me gustaron esas mariconadas.

Se inició entonces una muy divertida polémica sobre la clase de personas que asisten a los gimnasios. Pedro defendiendo su posición intolerante y esforzándose por evitar pasar por homofóbico, aunque todavía no conociera la existencia de esa palabra (eso llegaría algunos meses más tarde). Eduardo era más proclive a incentivar el espíritu deportivo en su hijo, quien (a su criterio) tenía una genética que le permitía lucir un buen aspecto pero a la que había que reforzar con una conducta y un trabajo disciplinado. Viviana estaba de acuerdo con que los chicos hicieran lo que quisieran respecto de sus cuerpos. Y Sandra… bueno… Sandra terminó dando claras muestras de estar caliente con el hijo adolescente de su amiga. Al menos esa es la versión que me llega a través de Sony, un testigo nada imparcial de los hechos.

Ya habían transcurrido casi dos horas desde el inicio del almuerzo. Pedro y Eduardo eran los únicos que seguían engullendo y su charla se había orientado hacia el fútbol, con las merecidas interrupciones de sus esposas, que ya estaban hartas de oír hablar de tiros libres y orsáis. Los chicos, por su parte, no habían logrado apaciguar sus hormonas comiendo como cerdos. Muy por el contrario, las manos por debajo de la mesa decían todo lo contrario. Incluso se permitieron alguna manifestación un poco más explícita, confiando en la distracción de los mayores. En un momento en que Eduardo recitaba de memoria la formación del equipo de Racing Club en su época de gloria, mientras los demás reían y hacían chistes, Sony se echó hacia atrás sobre su silla y, levantándose la camiseta hasta los hombros, le mostró al Chino su vientre exageradamente abultado, como si fuera el resultado de tanta comida.

– Parezco embarazado. –le dijo.

– Entonces yo quiero ser el papi… –respondió con rapidez el Chino, posando su mano muy cerca del pubis.

Sony abrió los ojos aterrado pero, sin embargo, no pudo evitar una sonrisa.

– Pero el bebé estaría más arriba…

– Pero yo te lo haría entrar más por abajo…

¡Listo! Cuando la seducción pierde la elegancia, es señal de que el cachondeo ha llegado a los extremos y ya no queda mucho por decir. De hecho, cualquiera de nosotros (incluido el mismo Sony) no necesitaría más considerandos para llevárselo a la cama. Pero a los quince años, las cosas no suelen ser tan expeditivas, ¿verdad?, y uno suele tomarse más tiempo para ciertas decisiones. Claro que el Chino ya era mayorcito y había superado la etapa de las indefiniciones.

La mano pasó, rápidamente y sin que nadie más que Sony lo notara, del bajo vientre a la entrepierna, donde una leve presión le sirvió para reconocer el terreno.

– Vamos a echarnos en el pasto. El sol está especial. –propuso el Chino.

Y sin que mediara opinión en contrario por parte de Sony, ambos se pusieron de pie.

– Perfecto. –dijo Viviana– Pero me parece que este chico está muy blanco. Fijate en el botiquín del baño, Fran, que hay un pomo de filtro solar.

Los adolescentes regresaron al baño. Pero esta vez todo estaba más claro. Fran encontró rápidamente la crema protectora. Sin embargo, antes de proceder a la aplicación, sintió la necesidad de besar esa boca que lo atormentaba desde hacía algunas horas. Sony se había quedado en el quicio de la puerta y tan solo con la mirada le decía que compartía el mismo impulso. El beso se inició con timidez. Los labios fueron explorándose poco a poco, hasta desatar el calor que acumulaban dificultosamente. Las manos permanecieron inertes, como temerosas de romper la perfección de ese beso profundo que amenazaba con no terminar jamás. Transcurridos algunos instantes, solo la palma derecha de Sony se atrevió a acariciar el cuello de Francisco. Pero fue una caricia tan etérea que ninguno de los dos tuvo clara conciencia de su existencia.

– Creo que tendríamos que salir de aquí… –dijo Sony casi sin querer.

El cuerpo de Francisco ya se acercaba peligrosamente al suyo.

– Pero todavía no te puse la crema…

– Yo puedo ponérmela solo…

– Pero yo te la quiero poner…

Y así, una frase tan ambigua fue tomada en su doble sentido y ambos se echaron a reír. Aunque la risa no disipó la tensión sexual que los acercaba cada vez más. En plena algarabía, Francisco le levantó la remera y con ella cubrió el rostro de Sony, manteniendo sus brazos en alto contra el marco de la puerta. Obviamente, el más pequeño de los dos no se resistió a la maniobra y su pecho agitado quedó expuesto al asalto de los labios del moreno. Francisco tuvo que inclinarse para alcanzar los pezoncitos de Sony pero el roce de su lengua sobre la piel tensa y sudorosa fue tan placentero que ambos suspiraron al unísono. Con genuino disfrute, Francisco lamió la axila de Sony y su boca subió por el antebrazo hasta recuperar la posición erguida. La prenda se deslizó entonces hacia arriba con naturalidad y, una vez recuperado el contacto visual, fue Sony el que se puso en puntas de pie para alcanzar con su boca la boca del Chino. Fue otro beso profundo en el que las lenguas derramaron todo el ardor del que eran capaces. Entonces, mi marido notó por primera vez que ambas entrepiernas habían cobrado vida.

– Tenemos que salir ya o esto va a ser un desastre. –sentenció.

– No me importa.

Pero manifestando un poder de voluntad que, en cuestión de sexo, pocas veces volvió a poner en acto, Sony se escurrió entre los brazos de Francisco y salió corriendo al son de una risita histérica. Huelga aclarar que el Chino salió corriendo por detrás, debiendo hacer un alto antes de salir al patio, para acomodarse el bulto.

El sol quemaba a esa hora de la siesta. Los viejos seguían con sus conversaciones acaloradas junto a la parrilla, regando las palabras con rico malbec. El parque era muy grande y en el fondo había una piscina que todavía estaba vacía.

– Mi viejo la llena cuando empiezan los primeros calores de octubre. –explicó el Chino mientras se tiraba sobre el césped prolijamente cortado.

Entre ellos y sus padres había un pequeño cerco de ligustro, de modo que, si permanecían sentados en el pasto, no había forma de que se vieran unos a otros.

– Este sol me calienta. –dijo el Chino.

– Sí. Hace calor.

– No, bolas. Digo que me calienta… que me la pone dura…

– Lástima. Pensé que era yo…

– No seas idiota. ¡Vos también!... Allá adentro no había sol…

Ambos se miraron con deseo pero ninguno de los dos atinó a moverse. Sony estaba acodado de espaldas y el sol resplandecía sobre su piel pálida. Esa fue la señal que motivó la acción de Francisco.

– Todavía no te puse la crema… No quiero que te haga mal…

Sin levantarse del suelo, se deslizó gatunamente hasta sentarse junto a Sony. Le besó un hombro mientras quitaba la tapa del envase y colocaba una línea de crema blanca sobre su palma. Para estar más cómodo se arrodilló y empezó a esparcir el producto sobre el pecho al tiempo que besuqueaba su cuello. “Puedo acostumbrarme a esto” pensaba Sony, en medio de besos y caricias amorosas. Cuando llegó el turno de la espalda, Sony también se arrodilló pero Fran le sugirió que se inclinara hacia delante. Entonces Sony dejó caer su torso sobre los muslos, quedando plegado en dos, tal como solía hacerlo en sus prácticas gimnásticas. Francisco se maravilló con la elasticidad de ese cuerpo y sintió la prisa que le demandaba su entrepierna. Un roce tal vez no tan fortuito le transmitió la misma sensación a la visita.

– Mmmm… parece que sigue dura…

– Sí… Encima hace más de diez días que no la pongo…

El comentario fue vulgar. Hay que decirlo. Pero en esas circunstancias no había ya lugar para los eufemismos. De todas maneras, Sony no se sintió cómodo con la idea de traer a ese momento tan romántico referencias a relaciones anteriores, por fugaces e intrascendentes que hubieran sido. La mente juega a veces malas pasadas y, en cuestión de microsegundos, decenas de preguntas que no se había formulado hasta el momento desfilaron por su cabeza. ¿Esto era solo un garche más para el Chino? ¿Cómo tenía que tomarlo Sony? Era una locura hablar de amor, pero ¿a qué venía tanta delicadeza y tantas atenciones si lo único que quería era coger? ¿Por qué tenía que mencionar que no era su primera vez? ¿Le debía confesar que tampoco era la primera para él? ¿No era acaso una estupidez hacerse tanto problema por un detalle? ¿Acaso se debían algún tipo de explicación? ¿No era demasiado franeleo, estando sus padres a menos de veinte metros? ¿Valía la pena tanta calentura para terminar haciéndose la paja? Sony reconoce que, ante tanta pregunta, la libido se le vino a pique y en ese momento supuso que era lo mejor, ya que no veía el modo en que pudieran sacarse las ganas. Al menos no durante aquella tarde. Pero resultó que el Chino tenía otra visión de los hechos.

– ¿Y vos? –le preguntó a Sony.

– ¿Yo qué?

– ¿Hace cuánto…?

Sony volvió a acodarse de espaldas mientras el Chino se instalaba frente a él para embadurnarle las piernas. Sus manos eran suaves y Sony empezaba a sospechar que esa noche, a la hora de meterse en la cama, extrañaría esas caricias. No pensó en responder a la pregunta de Francisco… O, mejor dicho, no pensó en la pregunta. No era que no quisiera responderla. Simplemente, el roce de sus manos le daba tanto placer que no le dejaba atención para otra cosa. Fue por eso que el Chino tuvo que insistir y ambos se llevaron una sorpresa cuando escucharon la palabra menos pensada:

– Nunca.

El Chino paseaba sus manos por la cara interna de los muslos, una zona que todos sabemos es particularmente sensible a las caricias. Ante respuesta tan inesperada, se quedó mirándolo y escudriñando en su mirada un dejo de burla o de duda. Cabe reflexionar, de todos modos, que encontrarse (aun hoy en día) con un pendejo de quince que todavía no debuta no es algo que deba llamarnos particularmente la atención: si bien las edades de iniciación sexual han ido descendiendo con el paso de los años, todavía hay quienes llegan a esa edad con la virginidad a cuestas. Aún así, el Chino no terminaba de creerse el cuento.

Sony no había usado la cabeza y tampoco comprendía por qué le había mentido. Incluso hoy no lo comprende. Tal vez fuera un resabio de chico tímido, que se sentía más a resguardo en su papel de niño desvalido. Tal vez creyera que decir la verdad lo obligaría a contar una historia de la que por entonces no quería hablar. Porque aclaro que, luego de nuestra primera relación, él había albergado el deseo de volverme a ver y eso no sucedió hasta mucho tiempo después de esta historia que estoy relatando hoy.

– ¿Nunca?... ¿Cómo nunca…? ¿Nunca la…? ¿Nunca te…? ¿Nunca?

El Chino no podía dar crédito a lo que había escuchado.

– No. ¡Nunca! –reafirmó Sony con algo de fastidio– ¿Te molesta acaso?

Francisco permaneció en silencio por una fracción de segundo. En realidad no era que le molestara, solo estaba sorprendido de que un chico tan lindo hubiera permanecido virgen hasta entonces. En el mundo en el que él se movía (aseguraba) eso no hubiera sido posible. Tiempo después, Sony tendría acceso a ese mundo y comprendería mejor su reacción.

– No, bolas. ¿Cómo me va a molestar? Me llama la atención, nada más. Si yo te hubiera conocido antes, las cosas hubieran sido distintas.

– Pero me conociste recién hoy…

– Por eso vamos a tener que hacer algo para que la cosa cambie.

Los dos sonrieron.

– Ay, no digas así… –se quejó Sony con ese modito tan marica que todos le conocemos– Que nos estamos calentando al pedo. Porque ni pienses que voy a hacer algo con los viejos ahí mirando.

El Chino se rió esta vez con más entusiasmo.

– Mmmmm… ¡No me des ideas! Si por mí fuera, ¡te desnudo acá mismo!

– ¡Qué puto que sos!

La expresión le salió espontáneamente y no encerraba un juicio de valor. Sin embargo, para el Chino no fue una frase feliz y se apresuró a aclarar:

– ¡Yo no soy puto!

Sony se sorprendió con la reacción. Le llevaría un tiempo acostumbrarse a la cotidianeidad de este tipo de situaciones.

– Ah, ¿no?

– No.

– ¿Entonces?

– Entonces nada… Yo soy hombre y me gusta ponerla. Si es con una mina, mejor. Pero si no, con quien sea…

– Y yo sería en este caso “con quien sea”…

– Dale, bolas, no te pongas a filosofar ahora…

– No, no, yo no filosofo… pero me gusta entender donde estoy metido. Si no sos puto, entonces ¿qué sos?

– ¡Ya te dije! Soy hombre y me gusta coger. Y soy tan hombre que no me da miedo cogerme a un… –pensó detenidamente la palabra– a un gay como vos.

– ¿Y cómo sabés que yo soy gay?

– Dale, bolas. Se te nota. ¡No te ofendas! Yo no tengo rollos con los gays. Pero se te nota.

Sony siempre supo que se le notaba, pero era la primera vez que alguien se lo decía tan crudamente. Tal vez por eso mismo quiso ahondar un poco más en el tema.

– ¿Y en qué se me nota?

Al Chino no le llevó mucho tiempo elaborar la respuesta.

– De partida, la manera en que me miraste cuando aparecí. ¡Me comías con los ojos, chabón! Y en cuanto me acerqué te me colgaste de los hombros. ¡Los que no somos gays no hacemos esas cosas! Además, cuando te empecé a tirar palos entraste en la onda enseguida. Y cuando te insinué que te quería coger no pusiste reparo. ¿Sos o no sos gay entonces?

Los argumentos eran tan contundentes que Sony recuperó de repente el buen humor y su sonrisa fue más que elocuente.

– Ah, ¿ves? O sea que tengo razón.

– Ponele que tengas razón. Lo que no entiendo es por qué te tomaste tanto trabajo si es imposible que hoy hagamos algo… ¿Te querés calentar al pedo o querés bañarte en tu propia leche cuando esta noche te hagas la paja solito en tu cama?

– Es que no me voy a hacer la paja solito, bolas… Si vos también tenés ganas… Vamos a mi pieza y le damos un rato largo hasta que quedemos livianitos como una pluma.

– ¡Vos estás en pedo!

– ¡No! ¡Te juro! Subamos a mi pieza y vas a ver…

– ¡Ni loco voy a tu pieza!

La discusión se había acalorado un poco. Y no en el sentido sexual. Por eso, el Chino se sentó junto a Sony para poder seguirla sin levantar la voz.

– ¿Por qué no querés ahora? Si hasta hace un rato te derretías de ganas.

– Hasta hace un rato tenía ganas, no lo niego, pero sabía que no iba a pasar nada. Los viejos están ahí. ¡No da!

– ¿Y qué tiene? Los viejos están ahí y mi verga está acá. Dura como una piedra.

Sony no pudo evitar echarle un vistazo a la entrepierna del Chino y comprobó que, efectivamente, la tenía parada.

– ¿No me creés? ¡Mirá qué dura que está!

Y sin dudarlo un instante, estiró una vez más el elástico del pantaloncito. Pero, en esta ocasión, lo deslizó lo suficiente como para dejar toda la verga expuesta al sol. La verga y también el dragón que tenía tatuado en ella. Estaba muy parada, era cabezona y la humedad del glande dejaba escapar un humito bien visible, como si saliera de las fauces del animal mitológico.




– ¡Qué hacés, tarado! ¡Guardá eso que nos pueden ver! –se aterró Sony.

El Chino se veía mucho más relajado. Salvo por su entrepierna, claro está.

– Tranquilo. No pasa nada. Está el ligustro que nos tapa.

– ¡Guardala, por favor!

– Chupámela un poquito y la guardo.

– ¡Ni en pedo!

– ¡Qué ortiva que sos! ¡Si te morís de ganas! ¡Se te nota!

– ¡Y dale con que se me nota!

– ¡Es cierto, bolas! No tiene nada de malo. Así es la vida: a mí me gusta ponerla y a vos que te la metan. ¿Cuál es el problema? Vos te quedás contento y yo también. Dale: una mamadita. El dragón te espera, jajaja.

– No.

– Un besito en la puntita entonces.

– ¡No!

– Entonces vamos a mi cuarto. Que ahí no nos van a ver.

– ¡Ya te dije que ni en pedo! ¡Hoy no! Si querés, vengo mañana o cuando tus viejos no estén.

Una sonrisa enorme iluminó la cara del Chino.

– ¡Ajajá! Ya vamos entrando en razones…

– Ni lo sueñes. ¡Y guardá eso que nos van a ver!

– Vamos a mi pieza.

– ¿No entendés que te dije que no?

– ¿Por qué no?

– ¡PORQUE ME QUERÉS COGER!

Entonces se dio cuenta de que había elevado mucho el volumen ¡y se quiso morir! Por eso repitió en voz más baja:

– ¡Porque me querés coger! Y ya te dije que hoy no.

– Entonces una mamada, acá, detrás del ligustro que no nos ve nadie.

El Chino era un tipo muy insistente y no aceptaba un no por respuesta. La discusión había terminado por minar las resistencias de Sony. La pija seguía tan dura como al principio. Era una pija hermosa y el dragón parecía mirarlo con ojos hipnóticos. Sony miró al cielo, después hacia abajo, escudriño los alrededores… Era cierto que, permaneciendo detrás del cerco de ligustro, los viejos no podían verlos… Y la verga seguía dura y largando ese olor tan peculiar que no hacía más que aumentar sus ganas…

– Te la chupo un poco y listo. ¡No pidas más!




El Chino se sintió vencedor. Desplazó un poco más el pantaloncito hasta dejarlo a la altura de las rodillas y, con un gesto, invitó a Sony a proceder. Sony miró por enésima vez hacia la mesa donde estaban los viejos y se convenció de que nada podían ver desde su posición. Entonces se inclinó finalmente sobre la entrepierna del Chino y gozosamente se metió la verga en la boca. En los últimos meses había imaginado muchas veces cómo sería ese momento. Pero ni su fantasía más extrema hubiera podido imaginar que terminaría comiéndose un bicho lanzallamas. Algo dentro de él le decía que había nacido para eso, para chupar vergas, aunque su mente adolescente e inexperta no le permitía asociar ese acto con una vocación. No obstante, en ese preciso momento, tuvo claro para siempre lo que había presentido y negado aquella primera vez que me la chupara a mí, en el mes de agosto: que había nacido para chupar pijas a como dé lugar. Y su convicción fue tan contundente que hasta el Chino se dio cuenta:

– ¿Estás seguro de que no habías hecho esto antes?

El Chino estaba muy caliente. Mucho. Tanto que no fue necesaria una mamada prolongada para que eyaculara espectacularmente.

Como no estaba seguro de que Sony gustara de recibir la leche en la boca, cuando estuvo a punto de estallar, le dio aviso y él pudo decidir si seguir chupando o retirarse a contemplar el volcán de semen que se había preparado a lo largo de diez largas jornadas. Sony optó por lo segundo y gracias a ello fue testigo de una de las eyaculaciones más tremendas que recuerda en su larga carrera de puto profesional. Asegura que los primeros chorros alcanzaron una altura de medio metro por sobre la verga. El dragón estaba realmente necesitado.

– ¿Satisfecho?

– De momento.




Sony se había vuelto a arrodillar y miraba con desconfianza hacia la mesa de los viejos. Por suerte seguían con su charla. Había pasado todo tan rápido que no había muchas posibilidades de que algo hubiera cambiado. Y muy contrariamente a lo que pudiera suponerse, ni siquiera la calentura de Francisco se había modificado. Acercándose sutilmente a Sony, comenzó a acariciarle los pies…

– Mirá que yo no soy de esos brutos que solo piensan en sacarse las ganas… a mí me gusta que la otra persona también la pase bien…

Y con extrema suavidad sus manos acariciaban los muslos de Sony.

– Tenés muy lindas piernas…

Sony sonrió con ironía.

– ¡En cuanto me digas que te enamoraste, me levanto y me voy a la mierda!

– ¡Qué ganso que sos! Yo que te digo cosas lindas y vos que me salís con un gaste!

– ¿Todavía no se te fue la calentura?

– ¿Y a vos qué te parece? ¡Claro que no! ¿O te pensás que soy de los que se contentan con una mamada? –y poniendo cara de tipo serio– ¡Yo soy un tipo de palabra! Si te dije que te quiero garchar es porque te quiero garchar. ¡Y no me puedo conformar con menos!




Era claro que el Chino tenía una cualidad que a Sony le derribaba las defensas: era de los tipos que podían hacerlo reír. Después de tantos años de vivir juntos, he llegado a la conclusión de que el mayor atractivo que él puede encontrar en un hombre es esa energía impalpable que le genera un tipo simpático que es capaz de arrancarle una sonrisa aún en los momentos más terribles. El Chino era de esos tipos.

– Bueno. Dejá de decir boludeces y seguí elogiándome las piernas que me gusta…

– Mmmmmm… Hermosas piernas… Suaves y firmes a la vez… Pero si querés que desista de llevarte a mi pieza, no es buena idea que me siga fijando en tus piernas…

– ¿Por?

– Porque me las imagino bien abiertas y… uffffff…




El Chino hizo el gesto de darse aire con la mano y a Sony le divirtió cómo se veía.

– Decís que no sos puto pero por momentos se te ve MUY PUTO.

– Métodos de seducción que uno tiene…

– ¿Ajá? ¿Es solo un método de seducción?

– No, bobito… –respondió el Chino con voz melosa mientras metía una mano entre las piernas de Sony– También es calentura… Haría cualquier cosa por convencerte de subir a mi pieza.

– ¿Cualquier cosa?

El Chino lo pensó un momento.

– Cualquier cosa… Podría aclarar que cualquier cosa menos entregarte el culo, pero algo me dice que no sos de los que me pedirían ese sacrificio… ¿O me equivoco?




Sony extendió premeditadamente su silencio. Además de crear una atmósfera de misterio, quería también sofocar una súbita erección provocada por el calor de esa mano que jugueteaba entre sus piernas.

– Yo en tu lugar no estaría tan seguro…

En ese momento, por alguna razón que Sony desconoce, el Chino sintió que tenía luz verde para una nueva embestida. Se abalanzó suavemente sobre Sony y los dos cayeron sobre el césped, abrazados como haciendo cucharita.

– Imaginate que estamos en mi cama… los dos juntitos… apretaditos… y yo te beso el cuello… –y a medida que daba ejemplos, acompañaba sus palabras con demostraciones concretas de lo que le estaba proponiendo– te mordisqueo el hombro… te acaricio la entrepierna…

Y cuando su mano se posó de lleno en la entrepierna de Sony, recién entonces se dio cuenta de la erección… lo que me da a pensar que no había estado muy atento en lo que le sucedía a Sony hasta ese momento, je, porque las erecciones de Sony son bien notorias.




– Si querés, te la chupo yo también.

Sony se sorprendió.

– ¿Vos me la chuparías a mí?

– Claro… ¿Por qué no?

Sony se quedó pensando y luego de unos instantes estiró su cuello como invitación para que el Chino lo siguiera besuqueando.

– Por nada… No hubiera imaginado que serías capaz de tanto por un garche, jejejeje.

– Ya te dije que por estar con vos soy capaz de hacer cualquier cosa…

– Pero ¿lo harías porque me gusta a mí o porque a vos también te gusta?

Ahora fue Francisco el que alargó el silencio, pero sin dejar de besuquear…

– Mmmm… Te voy a confesar algo: chupar pija no me parece algo tan desagradable…

¡Gran-declaración-gran! viniendo de un tipo que acababa de declarar enfáticamente que no era puto. La repregunta era más que obvia:

– ¿Ya probaste?

– ¿Chupar pija?... Sí… Alguna vez…

– ¿Y te gustó?

– ¡Ya te dije! –sonrió– No me disgustó…

Sobrevino entonces un silencio amable. De esos silencios que uno aprovecha para aclarar ideas y disfrutar del momento. En el caso del Chino, besuqueando y manoseando. En el caso de Sony, dejándose besuquear y dejándose manosear.

– Dale… subamos a mi cuarto y te la chupo… que vos todavía no acabaste y me parece que estás bien cargado…

– ¿Me la vas a chupar?

– Te la chupo y después cogemos…

– Me cogés, querrás decir…

– Bueno, no te pongas difícil. Ya me entendiste.

– Mmmmm… No sé… Con los viejos ahí, tan cerca, no da…

– ¡Olvidate de los viejos! Nos encerramos en mi pieza y no van a escuchar nada. Dale, no seas así… Ya te dije que te la chupo… y además te voy a dar muchos besos y muchas caricias y te chupo también el culito para que esté bien preparado… y… y… te la meto despacito para que no te duela… ¿dale?

El recuerdo de su primera vez era inevitable. Yo también le había chupado el culo para que estuviera preparado y había sido de los momentos más placenteros para los dos. Si se hace con ganas, siempre es un momento placentero, aunque haya tantos tipos que no lo sepan y lo pasen por alto. Para mí, si un tipo me quiere coger y no me chupa el culo, pierde puntos. Es una parte del ABC que todo buen cogedor debe conocer. Sony comparte mi criterio. Y ya lo compartía entonces, aunque todavía no fuera consciente de ello.

– Mmmm… No sé…

Pero sí sabía.




Tanto manoseo, tanto besuqueo, tanto cuerpo pegado, el sabor de su verga en la boca, la idea de ser penetrado… todo un combo que no podía menos que terminar de derribar sus defensas.

– Mmmm… Bueno… pero seamos disimulados…

El grito del Chino fue de película. Como en esas películas de vaqueros en las que un mejicano se pone contento. Sony se aterró otra vez y alargó la vista hacia la mesa de los viejos: Sandra y Viviana estaban mirando en su dirección…

– ¡Boludo! ¡Te dije que fuéramos discretos!

El Chino se había desplomado de espaldas sobre el césped. Estaba claramente agitado por la excitación y, a pesar de que su pantaloncito de fútbol estaba en la posición correcta, no podía disimular la erección que todavía perduraba. Al igual que la tremenda sonrisa en sus labios.

– No pasa nada. Pero ahora dejame concentrarme un poco. –y señalando a su entrepierna– ¿O te pensás que si paso así delante de ellos no se van a avivar?

Era una respuesta muy atinada.

– Yo también tendría que hacer un poco de “meditación”.

Era evidente.

Cuando decidieron que ya estaban en condiciones de pasar frente a sus padres sin llamar la atención, ambos se pusieron de pie y salieron corriendo. Francisco solo anunció “Vamos a mi pieza a jugar a la Play”.

– ¡Pero si serán…! –comentó Eduardo– Con el día hermoso que hace y se van a encerrar a darle a esa maquinola…

Todos movieron la cabeza dándole la razón. Pero ninguno tomó nota de que los chicos habían pasado frente a ellos tomados de la mano.






3 comentarios:

  1. Wowwwwwwww !!!! Fastuosa historia y aun mas fastuosa pollaaaa !!!!! Que delicioso relato. A sido un autentico placer el vover a revivirla jejejejeje.

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  2. Guauuu !!! Totalmente de acuerdo con el amigo @Juanjo un pene bellisimo el de la historia jejeje.

    Saludos.

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