domingo, 17 de junio de 2018

Esa maldita poronga


Aquellos gays que tienen uno suelen dar testimonio del gran padecimiento que generan las visitas de los amigos de sus hermanos. Los chongos acostumbran pavonear rústicamente su hombría mostrándose en pelotas y haciendo gala de una vulgaridad que no suele carecer de erotismo para quienes estamos más cerca del embutido que de la almeja. El caso de Sony puede ser emblemático.


El hermano de Sony se llama Jonás. Es apenas dos años mayor pero si tenemos en cuenta su mentalidad, cualquiera diría que le lleva por lo menos medio siglo. Jonás es uno de los dinosaurios que todavía no se han dado cuenta de la propia extinción. Y como tal, se regodea en pisotear a todo aquel que no comulgue con su ideología medieval. Es un ser primitivo que ha seguido los pasos de su padre, Pedro, (aunque superando todo exceso que este pudiera haber cometido). A los veinte años todavía era un joven atlético y bien parecido, pero el exceso de cerveza, la comida chatarra y la vida sedentaria terminaron por convertirlo en una pelota de grasa de tamaño familiar.

De adolescente, jugaba al fútbol y (dicen los que saben) que no lo hacía nada mal. Muchos, incluso, vaticinaron que llegaría a ser una estrella. Más allá de los fallidos augurios, Sony recuerda aquella época con no poca nostalgia.

Jonás era un chico popular, tanto entre las chicas como entre los chonguitos atorrantes que confundían hombría con vulgaridad. Uno de ellos era Lucio, el chongo que desde la más tierna infancia había sido su mejor amigo. Tan amigo que, para Sony representaba una verdadera pesadilla.

Para empezar diremos que Lucio era bello. Pero bello a nivel superlativo. Cara, torso, piernas, brazos, todo en él parecía ser perfecto. Ni siquiera era tan cuadrúpedo como su hermano. En más de un aspecto se podía afirmar la existencia de actividad cerebral dentro de su cráneo. Obviamente que iba al gimnasio y cuidaba su cuerpo con puntillosidad femenina, aunque dejando siempre en claro que era un macho de pies a cabeza. Incluso era discreto. En tanto que Jonás era una cloaca verborrágica, Lucio se caracterizaba por ser un chico callado, pero de una economía verbal realmente notable. Sony suspiraba por Lucio desde mucho antes de hacerse cargo de su gusto por las vergas. Recuerda que a los seis años Lucio le regaló un caramelo en el patio del colegio y él no quiso comerlo de inmediato; quiso guardarlo como recuerdo y lo único que logró fue ganarse unos coscorrones de su madre cuando el caramelo se derritió y se quedó pegado en el bolsillo del guardapolvos. Desde ya que, una vez aceptó su homosexualidad, Lucio pasó a ser objeto de fantasías para Sony y, cada vez que lo veía en casa, imaginaba que lo arrinconaba en una habitación y le practicaba las chupadas, manoseos y posturas más guarras que pusieran imaginar. Porque, tratándose de Lucio, la calentura de Sony no conocía de límites.

Y esa fue su perdición.

O su fortuna, según se mire.

El 15 de junio de 2003 fue domingo. Trini (la niña de la familia pero, a la vez, la fémina más exasperante que Sony pueda recordar) pasaría la semana en un retiro espiritual en Pontevedra junto a ese séquito de chupacirios que eran sus amigas de la Acción Católica. "Paz y tranquilidad por siete días" pensó Sony al recibir la noticia. El pater familias acompañó bien temprano a la nena hasta la parroquia desde donde se trasladarían, acompañadas por Sor Felicitas, una de las monjas que oficiarían de celadoras. En su cama y tapado de frazadas hasta las orejas, Sony escuchó los ruidosos preparativos desde muy temprano. Compartía habitación con su hermano, pero Jonás todavía no regresaba de su noche de juerga. Era lo habitual; a veces no aparecía hasta después del almuerzo.

Sin la histeria vocinglera de su hermana, sin las inútiles quejumbres de su padre ni la prepotente presencia de Jonás, la casa era lo más parecido a un paraíso. Sonia, su madre era la única que sabía convivir en familia, la única con voz suave, la reina del "por favor" y del "gracias", la mujer en la cual Sony se inspiraba para ser una princesa. Era ella quien costeaba su entrenamiento de gimnasia artística y se había tenido que enfrentar a la furia machista de Pedro, que consideraba a esa disciplina como una "fábrica de maricones" ("¿No puede jugar a la pelota como hacen los machos?"). Trinidad tampoco estaba de acuerdo ("Tal vez tuviera miedo de que los cuerpos atléticos de mis compañeros de gimnasio le quitaran la mueca de amargada", opina Sony). Y claro que Jonás también estaba en contra, del mismo modo en que se oponía a toda iniciativa que no proviniera de su famélico cerebro. Pero Sonia lo apoyaba y para él eso bastaba.

En apenas dos días, Sony cumpliría diecisiete años y su madre le había prometido dinero para invitar a sus amigos al McDonald's. La economía familiar no era floreciente, pero en el último año las cosas habían mejorado un poco y era posible darse algunos pequeños lujos. "Yo preferiría festejar acá en casa, pero con tu padre y con tu hermano no sé si será una buena idea", le había dicho Sonia. Su hijo estaba de acuerdo, por supuesto. Además, una celebración fuera del hogar familiar le permitiría invitar también a Mumy, su amiga travesti, amistad que no contaba con la aprobación ni siquiera de su comprensiva madre. En la inusual tranquilidad de aquella mañana dominical, pensaba en el festejo de su cumpleaños y en las fantasías que algunos de sus compañeros de gimnasio tejerían en sus mentes ante la sensual y provocativa cercanía de Mumy (iba a ser divertido), hasta que se quedó dormido nuevamente.

Despertó bruscamente a las once de la mañana, cuando sus frazadas fueron arrancadas de la cama, dejando al descubierto que tan solo llevaba puesto un slip diminuto.

- Miralo al putazo los calzones que lleva. -dijo Jonás- ¡Levantate, tragaleche! Te mudás al cuarto de tu hermana.

Sony iba a protestar con furia pero, antes de que pudiera abrir la boca, un brutal empujón de su hermano literalmente lo hizo volar y aterrizar a los pies de la cama. Y al levantar la mirada, todavía aturdido, vio que, en la puerta del cuarto, Lucio sonreía con una mueca burlona. En ningún momento Jonás se detuvo a dar explicaciones ni a pedir permisos, pero el objeto de sus pajas se alojaría en su casa durante esa semana que Trini estuviera de retiro. A primera impresión se hubiera dicho que tenerlo en casa sería algo bueno. Lucio le gustaba tanto que tenerlo cerca durante tantos días era al menos una oportunidad para recopilar más material para sus pajas. Y sin dudas sus calenturas alcanzarían tal nivel que el Chino y sus demás amigarches podrían cosechar excelentes beneficios. Sin embargo, desde el primer momento en que tomó conciencia de los hechos, Sony supo que aquello no podía terminar bien.

La tarde del domingo transcurrió en la más absoluta normalidad. Almorzaron pastas y se habló de fútbol, como era habitual. Y como era también habitual, Sonia y Sony permanecieron ajenos a la conversación, aportando de tanto algún comentario intrascendente o una sonrisita circunstancial. Extrañamente, Lucio estaba muy locuaz ese día y Sony notó (para su lamento) que el amigo de su hermano ni siquiera reparaba en su presencia. En la cabecera de la mesa, fiel a las tradiciones, Pedro dirigía la acción a fuerza de fanfarronadas y anécdotas de dudosa veracidad. "Cuando yo tenía tu edad..." empezaba diciendo con el índice derecho señalando a Jonás y, a continuación, relataba sus hazañas con la pelota. Jonás estaba sentado a su derecha y Lucio junto a Jonás. A la izquierda de Pedro estaba Sonia y luego seguía Sony, justo frente a Lucio. Pero en ningún momento del almuerzo el chongo le había dirigido la mirada. Sony pensó que tal vez fuera mejor así. Aunque no podía estar seguro.

Durante la tarde, los tres machos presentes se instalaron en el comedor y miraron partidos de fútbol, comieron bizcochos de grasa y tomaron cerveza hasta hartarse. Era una especie de ritual familiar al que Lucio supo adherir sin problemas. Sony se recluyó en el cuarto de Trini, habida cuenta de que había sido expulsado del que compartía con su hermano. De no ser por la profusión de crucifijos e imágenes del Sagrado Corazón con frases cursis, hubiera podido decirse que era un cuarto acogedor. Al menos era el único de la casa cuya puerta tenía llave y Sony la usó para aislarse y poder hacerse una paja imaginando una escena de sexo con Lucio. Una vez calmada su entrepierna, escuchó música, husmeó entre las revistas de Trini para reirse un poco de sus ñoñerías y, ya casi entrada la noche, echó el colchón de Trini sobre el suelo y se puso a ejercitar los músculos. Llevaba largo rato en ello cuando su madre quiso abrir la puerta del cuarto y lo encontró cerrado.

- ¿Qué hacés encerrado en la pieza de tu hermana? -gritó a través de la puerta con una voz poco usual en ella que demostraba cierta irritación- Hice bizcochuelo y te preparé café con leche. Vení a la cocina. -ordenó.

En la cocina, el trío de machos seguía con su juerga de pavoneos. Si uno había hecho alguna vez un gol de media cancha, el otro había hecho dos en un solo partido. Es chistoso cómo los chongos son incapaces de recordar la fecha de su aniversario, pero saben perfectamente (o dicen saberlo) que tal día de tal año hicieron tantas gambetas y tantos tiros al arco. Cuando Sony entró, el turno del fanfarrón era de Lucio. Con un volumen de voz que le desconocía, narraba su jugada magistral durante un partido "importantísimo" contra no sé qué equipo. Parecía poseído por un espectro futbolero.

- ... y entonces se me viene encima y yo alcanzo a ver que mi compañero estaba a la derecha y ¡ZAS! le doy tal patadón a la pelota que casi les vuelo la cabeza a los dos.

Y cuando dijo ese "¡ZAS!" abrió los brazos como si estuviera realmente en la cancha acomodando el cuerpo para no perder equilibrio durante la jugada y le dio un tremendo codazo a Sony, que justamente pasaba en ese momento a su lado. Pero ni siquiera en esa circunstancia Lucio hizo contacto con el hermano de su amigo. Sin hacer caso del accidente, mientras Sony se frotaba el vientre para mitigar el dolor, Lucio continuó con su relato ante las miradas divertidas de Jonás y Pedro, que sí tomaron nota de lo que había sucedido. Sony se acercó a la mesada, tomó su taza de café con leche, una porción de bizcochuelo y se dio un tiempo para observar atentamente la belleza de ese chico que parecía estar dispuesto a ignorarlo durante toda su estadía. Cuando terminó su merienda, ya era Jonás el que inventaba jugadas memorables. Pero las fantasías estúpidas de su hermano le importaban tres pepinos.



Volvió al cuarto de Trini. Su madre había vaciado uno de los cajones del armario y le había dejado una muda de ropa. Era hora de darse un baño. Sin Trini en las inmediaciones, no habría nadie que lo apurara para que terminar rápido. Por alguna razón, su hermana era de las que mean cada diez minutos, lo que solía generar conflicto con el resto de la familia, todos propensos a usar el baño como sala de meditación. El agua estaba a la temperatura ideal. Su piel se estremeció al contacto de la suave quemadura. De pie bajo la lluvia, relajó sus músculos, dejó caer su cabeza hacia delante y disfrutó del punzante masaje de las gotitas sobre la nuca. Admiró sus propios pies, después de su vientre cuadriculado, la parte de su cuerpo que más le gustaba. Entre ambos, un pene abigarrado que se debatía entre el vello púbico y el agua que caía en catarata. Se enjabonó con lentitud, tratando de darle a aquella ducha un sentido más erótico. Pensó en Lucio, en el Chino, en Bernabé... Incluso recordó a aquel desconocido con el que había cogido en el baño del McDonald's hacía un año. Su cuerpo necesitaba acción. La repentina erección así lo atestiguaba. Volvió a pensar en Lucio y se dio cuenta de que no era tan puta como suponía. Una verdadera puta (Mumy, por ejemplo) ya estaría planeando cómo encararlo esa misma noche. Tenerlo en la casa durante toda una semana era una oportunidad que una verdadera puta no desaprovecharía. Pero él sentía miedo de lo que pudiera suceder. Una cosa era entregarle el culo al Chino en la mismísima cama de su hermano, pero hacerlo con su mejor amigo ya le parecía demasiado. Cualquier sospecha podría desatar una tragedia. Sin embargo, la idea era tan excitante... Tanto que la pija se le endurecía aun más ante la sola fantasía. Se empezó a pajear bajo el agua. Con ambas manos, como Bernabé le había enseñado. Pero a poco de empezar el agua comenzó a entibiarse, de modo que era mejor seguir la paja en la habitación. Cerró la llave y suspiró profundamente. La erección continuaba firme cuando descorrió la cortina y, para su enorme sorpresa, encontró allí a Lucio, con los pantalones bajos y la verga en alto.

Sony quiso decir algo (cualquier cosa: una protesta, una bienvenida) pero las palabras se le embotellaron en la garganta. Lucio sonrió sin expresión y con un dedo sobre los labios le recomendó silencio, al tiempo que sacudía su pito duro como una invitación. El cuerpo de Sony estuvo petrificado durante unos infinitos segundos, lo que tardó Lucio en dar un par de pasos hacia él, ponerle una manota en la cabeza e indicarle que se pusiera de rodillas. Las piernas fueron más obedientes que su comprensión y ya con la pija frente a sus ojos, muerto de miedo por lo que pudiera suceder si su hermano los sorprendía, su boca supo abrirse por instinto. Comerle la verga a Lucio resultó ser más excitante de lo que había imaginado. A medida que el pánico cedía terreno en su mente, las embestidas de aquel glande contra su glotis se le hacían más sabrosas. Aquel suculento postre que tantas veces había soñado se sazonaba extrañamente con la cercanía de una fammilia tras la puerta. Lucio había puesto sus manos contra la nuca de Sony y empujaba con fuerza provocándole arcadas que con oficio lograba contener. Era una verga gorda. No muy larga pero sí lo suficiente como para sobrepasar los límites de la garganta cuando entraba en profundidad. Las manos de Sony se aferraban a las piernas de Lucio para no caer. Su boca era un torrente de saliva. Hasta que, de pronto, las caderas de Lucio enloquecieron, se sacudieron como posesas por un demonio descontrolado durante unos segundos y la verga escupió sus jugos en lo más hondo, conteniendo el quejido que se escapaba por entre los dientes de su dueño. Cuando se hubo vaciado, Lucio se subió los pantalones, se acomodó la ropa torpemente y salió del baño sin siquiera mirar al jovencito que, de rodillas ante él, temblaba como una hoja.


Y el jovencito de marras tardó varios minutos en reaccionar. Más que nada sorprendido por la rapidez con que había sucedido todo. Cuando se puso de pie, cubrió su cuerpo con una toalla, como si pudiera haber alguien que observara su desnudez. Aunque, conociendo a Sony y usando sus propias palabras, lo más probable era que su pudor se limitara al hecho de comprobar una vez màs que no había límites para su "putez". Pero a no engañarse, de ningún modo se sentía sucio. Para Sony, esa sensación de puta irredenta era (y es) una condecoración, una cocarda en reconocimiento de la labor cumplida. Con orgullo se limpió las gotas de semen de su comisura y salió del cuarto con paso decidido, se refugió en la habitación de Trini y se hizo la paja que no había podido hacerse mientras saboreaba al que durante una semana usurparía su cama.

Volvió a reunirse con la familia a la hora de la cena. Cada quien ubicado en el mismo sitio que había ocupado durante el almuerzo. En la televisión, el canal estatal difundía las últimas obras del gobierno y Pedro aullaba de felicidad como si comprendiera la magnitud del cambio social que se estaba cocinando. Jonás se burlaba abiertamente de su padre. Sonia lo reprendía con la mirada pero la tranquilizaba la certeza de que su marido era incapaz de percibir las estocadas. Lucio, en tanto, volvía a actuar como si Sony no existiera. Ni siquiera cuando Sony se quitó la zapatilla y estiró el pie por debajo de la mesa hasta ubicarlo justo en su entrepierna. No hubo gesto ni cambio de actitud. El pie estuvo allí algunos minutos hasta que se hartó de aburrimiento. Muy a su pesar, Sony reconoce que la indiferencia de aquella cena lo irritó hasta el punto de prometerse que, en caso de repetirse la escena del baño, se negaría a mamársela otra vez. Por un momento (por un breve momento) se sintió Trinidad.







Terminada la comida, los machos se reunieron otra vez frente a la tele para repasar los goles de la jornada. Sonia lavaba los platos y Sony daba las buenas noches. Al día siguiente había clases y por la tarde tenía entrenamiento. Al igual que la suya, la habitación de Trini no tenía ventana. La casa era una casa vieja de principios del siglo pasado cuando las normas arquitectónicas no se preocupaban por la ventilación de los ambientes. La crisis del 2001 todavía daba coletazos y no había presupuesto para mantenimiento, por lo cual, en la pared que daba al edificio vecino, había una enorme mancha de humedad que a Sony le provocaba un poco de recelo. Parecía una garra y, al cerrar los ojos, no podía evitar imaginar que se cerraba en torno de su cuello. Estremecido, apagó la luz del velador y se cubrió con las frazadas, dispuesto a dormir. Bajo las mantas, estaba desnudo. Un placer que en su propia habitación, con su hermano a menos de dos metros de distancia, se le hacía prohibitivo. Intentó una nueva paja, pero el día había sido intenso y lo venció el cansancio.

Para su sorpresa, despertó a mitad de la noche, cuando Lucio se escurrió entre sus sábanas. Tenía la pija dura y (al mejor estilo Jonás) no se tomó la molestia de pedir permiso antes de penetrarlo. Fue todo tan rápido que, para cuando Sony pudo reaccionar, ya disfrutaba el dulce ardor de la verga en sus entrañas. El chongo se movía con torpeza y de manera mecánica, como si el acto careciera de emoción. Y tal vez así fuera: para muchos machos, el coito no es más que un reflejo. Sin embargo, las manos y las piernas sí lograban transmitir cierta pasión. El cuerpo de Sony se sacudía como el de un muñeco bajo el peso de su visitante y éste se aferraba a él con violento deseo, tejiendo un corset que le impedía todo movimiento. En un momento quiso hablar, pero la manera brutal en que Lucio lo penetraba, además de un placer indefinible, le daba la certeza de que todo intento de comunicación resultaría inútil. Finalmente, tal como había sucedido en el baño, todo terminó de repente cuando el chongo se vació. Esta vez en el extremo opuesto del aparato digestivo. Y una vez más, trastabillando en la oscuridad, Lucio se escapó del cuarto, dejando a Sony en la zozobra. Pero esta vez con el culo en llamas. Tanto que, al recuperar la iniciativa, entre indignado y cachondo, Sony se pajeó con la derecha, mientras undía los dedos de su mano izquierda en el culo embebido de una gelatina espesa que olía a mil demonios. Cuando logró vaciarse a sí mismo y su propio semen se escurría sobre el cuadriculado de su vientre, por primera vez en mucho tiempo se sintió un idiota. ¿Acaso aquel energúmeno podía meterse así nomás en su cama y usar su cuerpo como muñeca inflable? La furia fue incontenible. Pero transitoria. Cuando el recuerdo de aquella verga entrando y saliendo de su boca y de su culo logró abrirse paso también en su memoria, la dignidad cedió terreno y tuvo que aceptar la cruda realidad: Sí podía. Fue entonces cuando la ironía se abrió paso y el pene de Lucio pasó a ser "esa maldita poronga".





Sentado en la oscuridad, sintió la humedad debajo de sus nalgas. Puteando por lo bajo, saltó de la cama y encendió la luz. La leche de Lucio se había escurrido entre la laxitud de su esfínter y no había salido solo. Una gran mancha de color marrón adornaba el centro de la sábana blanca y el olor en la habitación tampoco era un detalle menor. Volvió la indignación y, desnudo como estaba, salió del cuarto y entró en el baño, humedeció una esponja, tomó una toalla seca y regresó al recinto del desastre con la esperanza de borrar las huellas de lo sucedido. Tarea inútil. Los fluidos habían llegado también hasta el colchón y era muy posible que, si su madre no lo descubría durante la semana, lo hiciera Trini a su regreso y desatara uno de sus habituales melodramas. Luego de un buen rato de inútiles intentos, se dio por vencido, regresó la esponja al baño, extendió la toalla bajo la sábana y volvió a acostarse sobre la tela húmeda con la ilusión de que el calor de su cuerpo la secara antes del alba.

Cuando sonó la alarma de su reloj, a las siete de la mañana, Sonia ya preparaba el desayuno para la familia y Sony seguía sin pegar un ojo. Estaba enojado con Lucio pero más enojado consigo mismo. Todavía sentía la verga removiéndose en su interior y no podía evitar la sensación de placer. "Así somos las putas" trató de consolarse, pero no era suficiente. Necesitaba terminar con esa calentura. En la madrugada, dos pajas consecutivas no fueron suficientes y llegó a desear que el chongo entrara nuevamente en la habitación y lo cogiera de nuevo. Cuando salió de la cama, la mancha de la sábana seguía en su lugar. La cambió por otra y escondió la evidencia debajo del colchón, después de darlo vuelta. Luego volvió a armar la cama con prolijidad y, tras vestirse, salió del cuarto para iniciar la semana. En el desayuno solo habló con su madre y saludó fugazmente a su padre. Jonás y el visitante no dieron señales de vida. La mañana en el colegio fue interminable. No podía apartar el recuerdo de Lucio de su mente. Las manos aferrándose a su carne, las piernas enredándose alrededor de las suyas como una trampa, la verga penetrándolo torpemente... Y sin embargo le había gustado tanto... Al mediodía prefirió no regresar a casa. Comió apenas un sánguche en un puesto callejero y fue directo al gimnasio, donde las rutinas le parecieron más tediosas de lo habitual. El entrenador le llamó la atención en dos oportunidades. "Estás en otra" le dijo. Y era cierto. Él quería olvidar lo que había sucedido durante la noche, pero su cuerpo no se lo permitía. Al final del entrenamiento, Bernabé lo esperaba en los vestuarios. Ya era un clásico de todos los lunes. La sonrisa pícara del venezolano no precisaba explicaciones. Como era habitual, ambos se metieron en el cuarto de los trastos, Sony se puso de rodillas entre escobas y mancuernas y chupó la pija negra con profesionalismo. Habitualmente lo disfrutaba, pero ese lunes Bernabé se le antojó muy delicado. En realidad siempre lo había sido. Por corpulento que fuera, era un gigantón educado y respetuoso, enemigo de la violencia en todas sus expresiones. Pero ese día Sony necesitaba otra cosa.



Regresó a su casa pasadas las cinco de la tarde. Todo estaba en silencio. Sin moros en la costa. Aprovechó para sacar la sábana de bajo el colchón y echarla al lavarropas junto a otras prendas que Sonia había dejado en el cesto de la ropa sucia. Ya inventaría alguna excusa que justificara la repentina colaboración en las tareas hogareñas. Un amigo llamó por teléfono para corroborar el encuentro al día siguiente en el McDonald's. Luego de cortar, Sony se agarró la cabeza. Había olvidado invitar a Mumy. La llamó pero su amiga no respondió la llamada. Tendría que intentarlo más tarde. Encendió la tele. En la parte inferior de la pantalla decía que hacían dieciocho grados pero él tenía frío. Le echó la culpa a la humedad de esa casa vieja. Se preparó un té y pensó en recluirse una vez más en la habitación de su hermana. Pero antes pasó por la suya propia. Conscientemente se dijo a sí mismo que debía constatar que su hermano y su amigo no estuvieran en casa, pero, una vez que lo hubo comprobado, se acercó a su cama, descorrió las mantas y buscó el olor de Lucio. Para su pesar, su olfato no era tan eficiente. Volvió a dejar la cama en condiciones y le echó un vistazo a un bolso negro que descubrió bajo la silla del escritorio. Nunca lo había visto y supuso que sería de Lucio. Estaba en lo cierto. Dentro, encontró ropa sucia y, entre ella, el calzón que el chongo llevaba puesto el día anterior cuando lo abordara en el baño. Así encontró el olor que añoraba, mezcla de almizcle, orina y semen, ácido y dulce a la vez. La piel se le erizó y lo asaltó de nuevo esa sensación extraña tan parecida a la culpa. "No puedo ser tan puta" repitió para sí mismo al tiempo que creía escuchar un ruido en la cocina. Temeroso de ser descubierto, recuperó la taza de té que había dejado junto a la cama y salió de inmediato de la habitación. Había sido una falsa alarma. La casa seguía solitaria pero, para no correr riesgos, se encerró en la pieza de Trini como había planeado. Llevaba el calzón de Lucio en las manos y, ya tendido en la cama, lo olfateó con insistencia, rememorando el estremecimiento que sentía cuando el pene del amigo de Jonás se hacía dueño de su carne. "Maldita poronga" se dijo. El té se había entibiado y lo tomó de un trago antes de que se enfriara por completo. Luego se quitó la ropa y se metió bajo las frazadas para seguir oliendo su botín mientras se pajeaba. La noche en vela y el entrenamiento hicieron el resto. Se volvió a quedar dormido antes de acabar.

Lo despertó su madre a la hora de la cena, protestando airadamente al encontrar otra vez la puerta cerrada con llave. "¿Qué se te dio ahora por encerrarte en el cuarto de tu hermana?" lo encaró cuando Sony entró en la cocina. Pero él se limitó a alzarse de hombros sin responder. Volvió a sentarse en su sitio frente a Lucio. Esta vez la conversación giraba en torno a las técnicas del boxeo ("Deporte de machos si los hay", según la opinión de Pedro) y el dueño de los calzones robados mantenía su actitud indiferente. Una vez más, Sony hostigó sus genitales con el pie bajo la mesa. Y otra vez, él hizo como si nada sucediera. Sin embargo, esta vez hubo cierto estertor que demostraba que el pene es un órgano independiente, cuyas reacciones no responden ciegamente a las órdenes de la voluntad. No obstante, por más que Sony insistiera, no podía decirse que llegara a una erección.





Más allá de eso, la cena transcurrió sin sobresaltos hasta que Sonia recordó que al día siguiente Sony cumpliría diecisiete y Pedro se despachó con una retahila de chistes de mal gusto, entre los que se colaban algunas alusiones a la sexualidad. Sonia se escandalizó y ensayó una reprimenda. Lucio ni siquiera sonrió. Jonás, en cambio, miró a su hermano con desprecio y estrujó una servilleta.

A la hora de irse a la cama, Sony entró en el baño como todas las noches. Aunque sabía y deseaba lo que iba a suceder. Por eso se quitó los pantalones y se quedó en slip mientras se lavaba los dientes. Tal como esperaba, Lucio entró de repente, se colocó detrás de él y empezó a manosearle las nalgas con expresión de poseído, pero sin mirarlo a los ojos. Sony sintió una opresión en el pecho, un ahogo placentero y la erección que se apoyaba contra la loza del lavatorio. A sus espaldas, otra erección se colaba entre sus nalgas. Lucio había apartado el borde del slip y lo penetraba con dificultad pero sin pausa. La "maldita poronga", una vez más, le quemaba las entrañas y él tenía que esforzarse por no gritar como una gata en celo. El modo salvaje en que Lucio lo cogía le arrebataba la cordura y, lejos de saciarlo, le generaba más y más deseo. El riesgo de ser descubiertos sumaba puntos y la calentura llegaba a niveles que nunca había imaginado hasta el momento. Por desgracia, aquellas experiencias parecían condenadas siempre al mismo final. Abruptamente, Lucio ahogaba su bufido y la verga descargaba su leche entre estertores tan violentos como sus embestidas. Sony contraía el esfínter con el deseo de no dejarla salir, pero la pija se escurría culo afuera y, antes de que él pudiera reponerse de la pérdida, se hallaba nuevamente solo en el cuarto. Había cerrado los ojos apenas unos segundos y, al abrirlos, Lucio y su verga eran ya tan solo una ausencia. Le dolían las piernas de tanta tensión. Y el ano, por supuesto. Pero mucho más le dolía el orgullo, la dignidad o lo que fuera aquello que le dolía tan adentro que no podía identificarlo. Todo su cuerpo le dolía de deseo insatisfecho. Porque a pesar de esa culpa que solo desecharía con los años, esa certeza de puta vergonzante, no había lugar para la duda: aquello le gustaba y no se contentaba con unas pocas sacudidas: quería más y más.




Entró en el cuarto de Trini con el alma en vilo. Desesperado de ansiedad. Se quitó la ropa y se metió bajo las sábanas sabiendo que su mal tenía solo un remedio. Su pene estaba duro como nunca, pero el trasero parecía haber cobrado vida propia. Tuvo miedo de perder la cordura y salir, así desnudo, en busca de la verga que le diera algún sosiego. No podía soportarlo y el único consuelo era la seguridad de que Lucio regresaría en algún momento de la noche. En la oscuridad de la habitación le parecieron eternos los rutinarios preparativos que presagiaban el fin de la jornada. Los pasos de Sonia recorriendo la casa para cerrar puertas, apagar luces y asegurar ventanas lo llenaron de inquietud. La respiración asmática de Pedro retumbaba en su mente y la guitarra de Slash en el equipo de audio de Jonás se le antojaba más irritante que de costumbre. Tras una agonía de siglos, había transcurrido tan solo una hora. Su padre roncaba con sonoridad estéreo y la música de su hermano se había llamado a silencio. Pero él seguía en la cama con las ganas a flor de piel. Olisqueando nuevamente el calzón de Lucio, casi sin darse cuenta se había colado los dedos en el culo. Pero no era lo mismo, por supuesto. Intentó diversas posiciones, buscando alguna que le proporcionara más placer, pero era inútil tratar de suplir la ausencia de ese falo que le había arrebatado el sosiego. "Esa maldita poronga" repitió para sí mismo.

Perdió conciencia de las horas que pasaron hasta que la puerta de la habitación volvió a abrirse. Lo único que Sony podía decir al respecto era que fue una eternidad y que en ningún momento había logrado menguar su calentura. Cuando Lucio entró al cuarto, Sony descorrió las coberturas y se puso en cuatro patas, listo para dejar que el visitante hiciera lo suyo.

- Solo te pido una cosa: no acabes pronto. -le rogó entre susurros- Cogeme mucho.

De allí en más, se llamó a silencio.

El sexo fue brutal. Lucio entró dentro de Sony como si se lo llevara el diablo. Ambos tuvieron que redoblar esfuerzos para no liberar gemidos delatores. El universo se redujo a los dos cuerpos poseídos por la fiebre y los dedos se clavaron en la carne como si buscaran asirse a la locura de quedar en ese estado para siempre. Tanto la piel de uno como la del otro sufrieron las heridas de uñas y mordidas. El cuello de Sony se pobló de cardenales y en un momento de breve lucidez celebró el inicio de sus diecisiete en la certeza de que jamás podría olvidar aquella noche. Con los tobillos cruzados en la nuca de su amante, todo su cuerpo se sacudía en completa pasividad. El placer infinito radicaba en dejarse hacer a voluntad del otro, en abandonarse a la total sumisión y comprobar que su cuerpo era tan solo una funda que albergaba el descontrol.

Eso los llevó a la ruina.







Los crujidos de la cama no daban lugar a dudas. Para su espanto, la que abrió la puerta y encendió la luz fue Sonia. Detrás de ella llegó Pedro y ninguno de los dos pudo dar crédito a lo que veían sus ojos. Por breves segundos, iluminados pero aun perdidos en su paroxismo, los dos muchachos siguieron con su endemoniado espectáculo, hasta que Lucio recuperó la conciencia y se dejó caer hacia atrás, ofreciendo a la escandalizada platea la visión de su erección descomunal. Sony lo vio huir de la habitación cubriéndose las partes púdicas justo en el instante en que Jonás entraba en escena. Durante una milésima de segundo, el hermano mayor no quiso comprender lo que estaba sucediendo. Vio a su amigo correr desnudo en vaya uno a saber qué dirección y, al ver a Sony tendido en la cama de Trini con las piernas todavía abiertas, se avalanzó sobre él con instinto asesino. Lo golpeó una y otra vez con un odio acumulado durante años. La sangre de Sony salpicó sábanas y muros antes de que Pedro lograra controlar al atacante. La furia de su hijo era tal que necesitó abrazarlo con fuerza y dejarse caer al suelo, arrastrándolo consigo gracias a la ayuda de su propio peso. Por una vez, su mórbida gordura servía para algo.

Sony no entiende todavía de dónde sacó fuerzas para incorporarse. Con los ojos amoratados y la respiración dificultada por los chorros de sangre que salían de su boca y su nariz, tomó una bata de Trini que encontró junto a la puerta y escapó de la casa con rumbo incierto. Descalzo, semidesnudo, ensangrentado y disfrazado de mariquita, corrió por las calles desoladas de San Telmo. Ignora si encontró gente a su paso, si alguien se burló de él o si le ofrecieron ayuda. Pero su inconsciente, desde entonces siempre atento, lo guió hacia la única puerta donde podría sentirse a salvo: la de la casa de Mumy.

Hoy se cumplen treinta y dos años de su primer nacimiento y quince de su resurrección.

Por pedido expreso de su Excelencia, la Señora Bananera de la casa, lo celebramos de este modo.






5 comentarios:

  1. Feliz cumpleños, Sony.

    Voy con cierta prisa y no puedo leer ahora el relato. Prometo hacerlo más adelante.

    Un abrazo.

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  2. Una historia espeluznante. No lo digo solo por Lucio que no deja de ser un violador, muy a pesar que Sony lo aceptara con gusto, sino especialmente por ese hermano que no llega ni a cuadrúpedo...

    Repito: Felices 32, Sony!

    Un abrazo.

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    1. Toda la razón, Peace. Algún día contaremos cómo terminaron esos dos

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  3. WEEEEEEE !!! Muchisimaas felicidades Sony !!! 32 Añazos yaaaa jejeje... Espero que me disculpes por el retraso pero llevo unos dias jodidamente ocupados y no he tenido tiempo ni para una triste paja jejeje. Y nada. Que decir... El relato como siempre de sobresaliente. Ya los estabamos hechando de menos. La historia me ha parecido apasionante, divertida, y super cachonda, pero tengo que reconocer que el final me ha dejado un cierto sabor amargo. Con todos los respetos, pero ami parecer, el Neandertal que tiene Sony como hermano me parece un salvaje y un hijo de la gran puta. Si yo hubiera sido Sony al tal Jonás le preparo una ensalada de Cicuta jejeje.

    Besitosss. Un abrazote muy grande para el cumpleañero !!!!

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  4. Algo tarde Sony pero estaba de viaje por paises que no tenian internet, asi que hoy me toco entrar al blog y encontrarme con esto, tu historia es parecida a la mia. Al menos disfrutaste de tu violador en cambio yo no, pero aqui estoy para felicitarte y espero que hayas pasado un genial cumpleaños

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