lunes, 11 de septiembre de 2017

La serpiente y el dragón - Parte 5


Un tipo le metió los cuernos a su esposa durante años, hasta que decidió finalmente irse a vivir con su amante. El problema era que no sabía cuál sería la mejor manera de decírselo. Así pues, un amigo le recomienda: “Decíselo mientras te la estás garchando. Las minas reciben mejor ciertas noticias cuando la tienen adentro”. De manera que el tipo, esa misma noche, se va a la cama con su esposa y en el momento en que le estaba dando más duro le suelta: “Querida, tengo otra”. Su mujer pareció no escucharlo y seguía gimiendo y jadeando, por lo cual le repite con un poco más de énfasis: “Querida, TENGO OTRA”. Y esta vez la mina sí reaccionó: “Entonces metémela por el culo. ¡METEMELA POR EL CULO!”




Tal vez Francisco, el Chino, conocía este chiste y utilizó la artimaña.

Desde la mañana había estado cogiendo con Sony por todos los rincones de la casa, tal como se lo había prometido. Eran ya las cuatro de la tarde y habían sido pocos los momentos en que Sony no hubiera tenido su pija en la boca o en el culo. Cosas de la adolescencia: el músculo peneano no sabe de agobios. El lavadero era la última dependencia del hogar que les quedaba por visitar y allí estaban los dos. Sony de espaldas sobre el lavarropas, con las piernas bien abiertas y los pies apoyados sobre el pecho de Francisco, mientras éste le clavaba su dragón entre las nalgas que, de tan dilatadas, eran ya una vaina perfecta y suave. Sus cuerpos sudados y hediondos no eran un problema para el disfrute. Muy por el contrario, la mezcla de olores y sabores resultaba un acicate para el placer. Tanto que el Chino debía regular la intensidad de sus bamboleos para no dar por terminada la función antes de tiempo. A pesar de que ya había eyaculado cuatro veces durante el día, sus huevos estaban otra vez apelmazados y sabía muy bien que en su interior se preparaba la quinta oleada. No era tarea sencilla esa de controlarse. Sony era un pendejo que le despertaba el indio sin siquiera proponérselo. Además de hermoso, se dejaba hacer. Y él no era de los que se reprimían a la hora de echarle mano a un cuerpo lindo y predispuesto. La pija de Sony daba respingos cada vez que lo acariciaba y la piel se le erizaba cuando le pellizcaba o le mordisqueaba las tetillas. Y de tanto en tanto, debía acallar sus gemidos con besos, ante el temor de que los vecinos terminaran por llamar a las fuerzas del orden. Comerle la boca mientras le clavaba la tripa entre las nalgas no era, de todos modos, sacrificio alguno. Las piernas de Sony se le anudaban a la espalda y no se hubiera asombrado si alguien le demostraba que, en esos momentos, ambos compartían el mismo torrente sanguíneo. Fue en esas circunstancias que el dragón de Francisco se revolvía frenético dentro de Sony cuando algo en su interior lo decidió a darle la noticia:

— Tengo un amigo que te quiere coger. —le dijo a bocajarro, deteniendo los movimientos de su pelvis ante la inminencia de la eyaculación.

Al igual que la mujer del chiste, Sony pareció no escuchar lo que Francisco le decía y solo atinó a mover en círculo sus caderas para no perder el gusto en sus entrañas. El Chino no repitió el anuncio. El contoneo de las caderas de su amante lo obligaron a concentrar toda su atención en fruncir su propio culo, que era el único método que conocía para evitar el lechazo. Y no siempre resultaba. Se puso en puntas de pie y se echó sobre Sony, aferrándose al borde del lavarropas, con la inconsciente finalidad de restringir sus movimientos. Ese culo endemoniado removiéndose alrededor de su verga terminaría por darle fin a la fiesta. A duras penas logró su cometido. Ya desde entonces Sony era un pasivo bastante activo y no era fácil dominar su descontrol. Bendita la hora en que su madre había decidido comprar un lavarropas de carga frontal sin botoneras en la parte superior. El cuerpo de Sony vibraba entre sus brazos y sus garras se incrustaban en su espalda. Ambos tenían el cabello grasoso de sudor, miradas inyectadas y fosas nasales que no alcanzaban para respirar como debían. Buscando aire entonces, la cabeza de Francisco se alzó de entre los cuerpos y con ella su torso; y con su torso, todo Sony adosado a su pecho e incrustado en su entrepierna. Las sólidas piernas resistieron la prueba y los brazos de ambos fueron eficaces para evitar caídas. Sobre todo los del Chino, que apretaron el cuerpo de Sony contra su pecho mientras lo penetraba salvajemente. En esas condiciones es imposible no gritar y la idea de dosificar se desvanece. Francisco eyaculó con violencia. Fue tal vez la acabada más brutal de su historia hasta ese momento y, minutos después, el calambre de sus ingles le sugeriría tomar precauciones si deseaba volver a intentarlo. Sony esperó a llegar al suelo cuando las agotadas piernas de Francisco se dieron por vencidas. Se colocó a horcajadas sobre el pecho de su amigo y se pajeó hasta lanzar la vida por la verga.














El aire olía a sexo.

— Voy a tener que ventilar toda la casa antes de que vuelva mi familia. —dijo Francisco una vez que hubo recuperado el aliento.

Sony pensó en ofrecerle su ayuda, pero estaba tan cansado que solo pudo abrazarlo con las pocas fuerzas que le quedaban. Lamió el sudor salado de los hombros de Francisco y el recuerdo de la penetración salvaje a la que acababa de ser sometido le hizo palpitar el esfínter una vez más. Pero de pronto recordó la frase.

— ¿Cómo fue eso que me dijiste de un amigo?

Francisco sonrió. Sintió cierta vergüenza. Pero pronto comprendió que no había nada de qué avergonzarse.

— Eso: que a un amigo mío le gustaría cogerte también.

Sony abrió los ojos como si no comprendiera lo que le estaba escuchando.

— ¿Por qué me mirás así? —se defendió Francisco— ¿Acaso soy el único que te la puede meter?

— ¡Por supuesto que sí! —exclamó Sony, faltando a la verdad.

Hubo un corto silencio.

— ¿Y por qué voy a ser el único? Ese culo tuyo merece ser compartido. —bromeó.

— No te hagas el gracioso que no es chiste. —dijo Sony, intentando darle a su voz un tono grave— ¿Vos le anduviste contando a tus amigos que me garchás?

Francisco puso cara de fingido asombro.

— Pero ¡por supuesto! ¿Para qué están los amigos si no? ¡O me vas a decir que vos no le contaste a nadie lo que hicimos el domingo!

— ¡Claro que no! ¡Hay cosas que son muy íntimas! —reprochó Sony mientras en su mente recordaba la charla telefónica con Mumy.

— Se lo dije solo a uno. Con él sí que no tengo secretos. —trató de disculparse el Chino.

— ¿Y qué le dijiste?

— Lo que hicimos.

Sony se cubrió la cara como si estuviera frente al amigo que lo sabía todo.

— ¡Qué vergüenza!

— Y te quiere coger él también…

— ¿Cómo que me quiere coger él también?

— ¡Así como te lo digo! —se impacientó Francisco— Es varón; tiene una tranca y le gustaría metértela por ahí. —agregó al tiempo que le escabullía la mano entre las nalgas.

— ¡Pero si ni me conoce!

— Pero me conoce a mí y cree en lo que le cuento.

— Boquiflojo. Traidor.

Francisco se echó sobre él, lo abrazó y le hizo cosquillas. El tema quedó ahí por un rato. Juguetearon sobre el suelo del lavadero, entre escobas, baldes y ropa sucia. Luego optaron por darse una ducha. Ya había sido suficiente sexo por un día. Camino del baño, fueron abriendo ventanas para ventilar.

Ambos revivieron bajo el chorro de agua tibia. Se enjabonaron uno al otro. Se echaron mano una vez más. Se besuquearon. Y como quien no quiere la cosa, mientras le mordisqueaba el cuello por detrás, en medio de la cascada de agua turbulenta, Francisco retomó la conversación:

— ¿Qué le digo a mi amigo?

El tonito meloso no fue suficiente para evitar la mirada fulminante. Y el silencio acusador.

— ¿No te gustaría conocerlo aunque más no fuera? —insistió tímidamente.

Sony no dijo nada. Se limitó a enjuagarse el cabello. Y cuando uno se enjuaga el cabello suele levantar los brazos hasta la cabeza y el gesto lo lleva a enderezar el torso. Y al enderezar el torso saca culo. Y si ese culo roza la verga de un amigo, este suele tomarlo como una insinuación, incluso en el caso en que se haya estado garchando con ese amigo durante todo el día. De modo que las manos de Francisco apretaron con fuerza las nalgas que tenían delante, luego acariciaron la cintura, se escurrieron hacia el vientre, pellizcaron las tetillas, rozaron el cuello, descendieron lentamente hacia el pubis y, cuando se instalaron entre los muslos, cuando ya se adosaban pecho y espalda, cuando los besitos en la nuca volvieron a la naturalidad, el clima en ese baño ya no era tan denso. Una sonrisita de gusto se dibujaba en las comisuras de Sony y, muy a su pesar, se dejó hacer una vez más, mientras en su fuero interno algún duende moralista le reprochaba que era “un chico fácil”.

Ninguno de los dos llegó a la erección pero la inquietud de sus alientos daba sobradas muestras de la excitación.

— ¿Ves que sos una putita? —susurró Francisco en la oreja de Sony.

El agua tibia seguía cayendo y los cuerpos se acariciaban sin pudicia. Las manos de Francisco tenían un poder mágico sobre la voluntad de un Sony gobernado por la carne.

— ¿Cómo se llama? —preguntó finalmente.

— César.

— ¿Y es muy amigo tuyo?

— Mi mejor amigo.

Sorteado el primer obstáculo, luego fue el turno de los detalles. César no era otro que el tatuador, el autor de ese dragón que Francisco llevaba grabado en la poronga. Tenía veintiséis años y había quedado deslumbrado (léase “caliente”) por lo que su amigo le había contado.

— Pero vos te quedarías conmigo ¿verdad? —preguntó Sony con vocecita de nenita desvalida.

Francisco lo abrazó con ternura, le besó la frente y le dijo:

— No te preocupes. Voy a estar ahí en todo momento. Y si hace falta, te culeamos los dos al mismo tiempo.

Fue una broma, sin dudas, pero el tiempo sería testigo de que la idea se haría realidad pocos días después. No obstante, aunque más relajado y acostumbrado a la idea, Sony no dio definiciones y postergó la decisión para “más tarde”.










Luego del baño, comieron algo, ordenaron la casa y se despidieron antes de que regresaran los padres de Francisco.

Caía la tarde y a pesar del cansancio Sony prefirió caminar hasta la estación. Sin demasiada conciencia, algo en su interior le decía que debía meditar muy bien lo que iba a hacer de allí en más. Claro que eso de los cálculos nunca fue su fuerte. Siempre fue de los que obran por impulso. Caminaba por las calles de Adrogué y pensaba en las manos de Francisco, en el modo que tenían de acariciar, de apretar, de calentar. Asegura que, por un instante, se acordó de mí y de aquel primer encuentro en la calle, en el barrio de San Telmo, y de lo que hicimos después en su casa; pero claro está que no puedo dar fe de ello. La mochila con los útiles del colegio le pesaban más que de costumbre y supuso que tendría que dar alguna explicación cuando llegara a su casa. Sin embargo, eso era algo que debería afrontar más tarde. Por el momento, lo quemaba la idea de mantener relaciones sexuales con el amigo de Francisco. No es que estuviera (o se considerase) obligado a hacerlo (bien podría negarse), pero en su fuero interno era su deseo. Era un tipo grande. Sony lo imaginaba cubierto de tatuajes y de piercings. Como quien dice: un chico malo. Y esa idea era muy seductora. Camino a la estación, las fantasías comenzaban a hervir dentro de su mente. Tendría que charlarlo con Mumy esa misma noche después de que todos se fueran a la cama. Incluso podría escaparse sin que nadie se diera cuenta para poder hablarlo en persona con su amiga. Ella seguro que ya habría estado con dos tipos a la vez y sabría cómo aconsejarlo. Sin darse cuenta, sus pensamientos habían ido tomando vuelo y al llegar a la estación ya se sentía caliente una vez más. ¿Cómo podía ser posible si todavía tenía el culo paspado por la verga de Francisco? En cierta forma, sintió miedo por ser tan puta. Porque así se sentía: como una puta. Pero sentir la carne dura colándose por detrás le gustaba tanto que no podía sentir arrepentimiento alguno. ¡Si hasta el idiota de Miqueas lo había hecho gozar! ¿Terminaría acaso haciéndose travesti como Mumy? Su familia lo iba a matar si lo hacía. Aunque no sentía la necesidad de verse como mujer… “Vos sos puto nada más” le había dicho Mumy en alguna oportunidad. Y seguramente tenía razón. Él era puto nada más y nunca se acostumbraría a usar tacos. El tiempo le demostraría cuán equivocado estaba, pero en lo de “puto nada más” tenía toda la razón.

En la estación no había señales del tren y estaba casi desierta. Comenzó a caminar hacia el extremo derecho del andén, de modo que pudiera viajar en el primer vagón y así estar más cerca de la salida cuando llegara a destino, en Constitución. Los neones se encendieron justo en el momento en que lo vio. Era un flaco alto y de gorra con la visera echada hacia atrás. Lo hacía con cierto disimulo, sin embargo, era imposible no darse cuenta de que estaba fumando un porro. Usaba ropa holgada pero, recostado contra la reja que limita la estación, la entrepierna le abultaba de un modo ostensible. Cierto que le sudaba la nalga otra vez, pero Sony se quedó en las cercanías más por curiosidad que por calentura. El flaco se llevaba el porro a la boca, ocultándolo con la palma, le daba una chupada profunda y de inmediato lo escondía a sus espaldas. Miraba nervioso hacia ambos lados, como vigilando que nadie viera lo que estaba haciendo. Cosa inútil, puesto que, si Sony podía verlo, cualquiera podía hacerlo también. Mirándolo de costado, el bulto se le marcaba más y, en un momento dado (casualidad o no), justo cuando las miradas de ambos se cruzaban fortuitamente, se lo agarró con la mano, como si se tratara de una invitación. “No puedo ser TAN puta”, se dijo Sony al mismo tiempo en que la idea de chupársela le llenaba la boca de saliva. El flaco se acomodó la gorra, le dio otra calada al porro y (ahora sí) lo miró fijamente y se agarró el bulto para que no quedaran dudas. Sorprendentemente, lo que más llamó la atención del que ahora es mi marido no fue el gesto sino los enormes ojos negros del chabón. Según dice aun hoy, los ojos más hermosos que jamás ha visto.






Llegó el tren y ambos subieron en el primer vagón. Estaba casi vacío y pudieron elegir asiento. Sony se sentó junto a la puerta y el flaco se ubicó en la hilera de asientos de enfrente pero quedando bien a la vista. Había apagado el porro contra la reja y se lo había guardado en el bolsillo, pero sentado frente a Sony no dejaba de sobarse el bulto. Nervioso y ansioso, el que ahora es mi marido se sintió presa de ese cosquilleo que lo invade cuando le hierve la sangre. Empezó a removerse en el asiento para un lado y para el otro y, en cierta forma, cualquiera que lo hubiera visto habría dicho que (aunque estuviese sentado) le estaba ofreciendo el culo. La estación siguiente a Adrogué es Témperley y ahí siempre sube mucha gente. Esa vez no fue la excepción y el vagón se llenó de repente. Sin embargo, el flaco tuvo buenos reflejos y se cambió de asiento justo a tiempo para quedar igualmente a la vista de Sony. Las ocho estaciones siguientes fueron testigos inertes de las miradas indisimuladas entre los dos. Los rasgos faciales del flaco eran más bien vulgares, pero esos ojos renegridos y enormes, enmarcados en pestañas igual de seductoras, compensaban los defectos. No veía la manera, pero Sony se dijo que ese tipo bien se merecía una mamada. “Así somos las putas” pensó y sonrió sin disimulos.

Cuando el tren llegó a Constitución, el torbellino de gentes que salían y entraban al vagón lo hizo perder al flaco de vista. Pero al salir al andén lo volvió a ver unos metros adelante, con las manos en el bolsillo y sonriendo por lo bajo. Le hizo un gesto que nadie que no estuviera atento hubiera podido percibir y se encaminó hacia el final del andén, pero el contrario a la salida. Sony no supo qué hacer pero, ante la duda, lo siguió. En el extremo del terraplén, bajaron a las vías y por allí caminaron unos cuantos metros, hasta alcanzar una casilla en la que seguramente el personal guardaba herramientas o algo así. Sony estaba lo suficientemente nervioso como para no poner atención a esas minucias. Detrás de la casilla y junto a las vías, había muchos cajones apilados, de tal forma que ofrecían un estrecho pasillo donde esconderse. El flaco no dijo nada en ningún momento. Cuando los dos estuvieron ocultos tras los cajones, se bajó los pantalones y dejó expuesto su miembro a media asta, bajo una mata de vello púbico tan renegrido como sus pestañas y sobre sus piernas pálidas y flacuchentas. No era momento para ponerse a pensar y Sony no lo hizo. Como si le hubieran tronchado las piernas de un machetazo, se dejó caer de rodillas ante él y se tragó la verga hasta donde le cupo. Con los años llegaría a degustar otras mayores (incluso no era más grande que la del Chino o que la de Miqueas) pero tampoco era algo fácil de engullir. No le costó mucho trabajo ponerla dura a tope y cuando menos lo esperaba ya estaba el flaco empujándole la nuca. Olía rico. Estaba claro que el chabón se había dado un baño antes de salir de su casa. La verga era cabezona y le obstruía la garganta cada vez que empujaba a fondo, por lo que la mamada pronto se convirtió en una lucha por evitar la asfixia. Las caderas del flaco se movían con intensidad pero, al mirarlo furtivamente con su pija en la boca, Sony lo vio mirando al vacío como si nada le ocurriera. De hecho, en un momento dado, sin dejar de bombear con su entrepierna, sacó el porro de su bolsillo, lo encendió y se puso a fumar como si tal cosa, con el rostro impasible. Igualmente, Sony siguió chupando. No estaba allí para hacer juicios y esa verga le gustaba bastante. Tanto que la suya propia se infló nuevamente y se vio obligado a bajarse el pantalón para darle un poco de atención. Fue entonces cuando el flaco pareció despertar de su letargo y, bajando la mirada (otra vez con esos ojazos que quemaban con su negritud) sonrió, retiró la pija de la boca de Sony y lo ayudó a ponerse de pie. No es que dijera algo (al tipo parecía que le habían comido la lengua los ratones) pero Sony supo comprender que deseaba que se diera vuelta y lo hizo. Quedó de cara a los cajones y la pila que tenía delante no parecía muy estable que digamos. Sin embargo, alzó los brazos y se aferró del borde el cajón superior en tanto el flaco se escupía la mano y le embadurnaba la raja. Fueron momentos de fuerte tensión y, exactamente en el instante en que la verga se enterraba con garra en sus entrañas, un tren pasaba a escasos centímetros de su culo violentado. Cualquier pasajero habría podido verlos sin dificultad pero no eran esas las cuestiones capaces de ocupar la mente de Sony en tales circunstancias. La cogida fue desesperada. No cabe otro adjetivo. El flaco se aferró a sus caderas como una garrapata y lo penetró en plan animal, una y otra vez, entrando y saliendo de su trasero como un poseso. Apenas el último vagón se alejaba de ellos cuando de su boca salió el único sonido que Sony pudo escucharle: un graznido, mezcla de quejido y estertor, que acompañó al último empujón.









El tiempo se detuvo por unos instantes. Los sonidos del tren se transformaron en ecos y lo único concreto era esa pila de cajones de la que Sony se había colgado para no caer al suelo. Su corazón era un taladro sin gobierno y las piernas le temblaban como papel. En medio del desconcierto, vio que el flaco se agachaba para recuperar la tuca que se le había escapado de la boca durante el forniqueo. La sacudió suavemente para quitarle el polvo, se la metió nuevamente en el bolsillo y se alejó de regreso a la estación. Sin decir una palabra.

Sony se dejó caer. Tenía la pija dura como nunca pero no sentía la necesidad de pajearse. Había sido la primera de una de las tantas experiencias extrañas que le deparaba el destino. Lo curioso es que le había gustado. Entonces, si es que todavía le quedaba alguna duda, supo que sí era una puta.

Permaneció allí, tirado en el suelo, largo tiempo. La leche que le había dejado el flaco se escurría por sus piernas. Pasaron tres o cuatro trenes más antes de que pudiera limpiarse, ponerse en pie, acomodarse la ropa y regresar al andén. Nadie le prestó atención al verlo llegar desde las vías. Mucho menos al ingresar en el gran salón de la estación con los cabellos revueltos y una oscura sonrisa de zombi. El corazón no dejaba de machacarle el pecho y le dolían hasta las pestañas. Sin embargo, se sentía pleno. Por alguna razón que le daba pudor escudriñar, esa tarde había descubierto que nada lo hacía más feliz que entregar el culo. “Así de puta soy” repitió para sí mismo cuando salía a la calle y se encaminaba hacia su casa, donde su familia lo esperaría con millones de preguntas.


Continuará...


2 comentarios:

  1. Esta narración es fantástica y siempre consigue ponerme a tope.

    Muchas gracias.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Espectacular Zekys !!! Como siempre un relato brillante !!! Te digo lo mismo que Peace. No se como lo haces, pero con tus palabras, consigues sacarme algo mas que los colores jajaja.
    Por cierto...Ya se que no biene a cuento, pero alguno sabria decirme quienes son los dos chongazos de la foto Nº3 ??? Por diorrr !!! Estan tremendidimos,sobre todo el de la izquierda ((( LE COMIA TO LO GORDOOO !!! ))) jejeje.

    Besitosss !!!

    ResponderEliminar

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